Ayer me fui a dar una vuelta por el camino de sirga que va de Frómista a Boadilla. Justo por ahí pasa el Camino de Santiago, así que me crucé con dos peregrinas, una coreana que no creo que llegase a los veinte y otra un poco mayor que no sé de dónde vendría porque caminaba ensimismada y ni siquiera me vio. Con la coreana, por contra, eché una distendida cháchara sobre sobre asuntos sin trascendencia. La belleza de los paisajes y cosas así. Se la veía fresca como si no llevase veintitantos kilómetros y un mochilón a las espaldas. Esta es la edad apropiada para estas aventuras, pensé.
El caso es que me sorprendió ver que junto a las exclusas de Frómista han colocado un muelle flotante y que amarrado en él había un barquito turístico. Vi que en la cabina del conductor había un chico mirando a las musarañas y me acerqué a interesarme por aquella innovación turística de corto recorrido. El tipo saltó de inmediato al muelle, encendió un cigarrillo y se dispuso a rellenar mis lagunas cognitivas al respecto de aquel extravagante invento. Le llaman el barco de los peregrinos por ser el tramo que navega el único del canal que transita junto al Camino. Hasta Boadilla, a unos cuatro kilómetros, donde han colocado otro muelle. Me dijo que estaba esperando a un grupo de turistas para ya mismo y que en Boadilla iba a recoger a una pareja de peregrinos. Bueno, yo anduve por allí un par de horas y siempre esperando ver aparecer el barco por el horizonte, pero nada de nada. Evidentemente las expectativas del piloto, y las mías, quedaron frustradas.
A lo largo del Canal de Castilla tengo localizados unos cinco o seis tinglados de este tipo. Todos por supuesto de iniciativa pública, con lo cual, lo del móvil económico queda descartado; es todo cuestión de honor que, como bien es sabido, es patrimonio del alma que, por cierto, sólo es de dios. Una vez, tengo que reconocerlo, vi al que hay en Herrera de Pisuerga, El Marqués de la Ensenada, paseando a un grupo de turistas de la tercera edad. Iba como a cámara lenta porque de lo contrario no les hubiese durado ni cinco minutos el entretenimiento ya que no creo que llegue a los trescientos metros el recorrido que hace. Pero eso sí, siempre que iba a comer a La Piedad, me encontraba allí a su capitán impecablemente uniformado. Aquello daba mucho empaque al establecimiento.
En fin, sea como sea, de algo tiene que vivir la gente y con algo se tiene que entretener. Luego, ya, la racionalidad de los inventos, pelillos a la mar. Ni te digo lo que sería esto si nos pusiésemos ahora a pasar por el filtro de lo sensato la inmensa mayoría de los usos y costumbres con los que nos constituimos como personas. Mejor olvidarse y que dure lo que dura dura.
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