viernes, 2 de octubre de 2020

Alcibíades

Alcibíades es un personaje que aparece mucho a lo largo de la historia de la literatura. De Platón y Aristófanes a Erasmo y Shakespeare pasando por Los Cuentos de Canterbury. Y es que no es para menos porque representa la que quizá sea la más odiosa entre todas las posibles personalidades del ser humano: la de la pasión por lo que es mejor para uno mismo. Bueno, nadie está libre de semejante pasión, pero el gran problema es que algunos, por falta de neuronas o lo que sea, que no vamos a entrar en ello, no aprenden a disimularla y, en última instancia, a controlarla. 

Sabido es que no hay personaje literario de éxito si no lleva dentro de sí una irresoluble contradicción. Acuérdense de Rick el de Casablanca, tan cínico y, a la postre, tan sentimental. ¿Hay quién dé más? Pues bien, la contradicción de Alcibíades es que, por un lado, es discípulo de Sócrates, incluso, si nos atenemos al Banquete de Platón podríamos decir que era algo más que discípulo, amante acaso, y, por otro lado, es el político que traicionó en provecho propio a Atenas facilitando su derrota ante los espartanos. Así fue que el pluscuamperfecto Sócrates, cuando alguien se atrevió a echarle en cara la bajeza de moral de uno de sus discípulos, dijo que él nunca había sido maestro de nadie. O sea, que se lavó las manos, aunque nunca se le ponga como ejemplo de tan egoísta actitud. 

Así es que, pensando en lo hijo de la gran chingada que era Alcibíades no podemos sustraernos a la idea de que acaso Sócrates algo tuvo que ver en ello. Porque, ¡ay, la educación! ¿qué seríamos sin ella? Todos soñamos con tener un buen maestro. Hasta el último día de nuestra vida corremos en pos de quien pensamos, o más bien creemos, que puede enseñarnos algo. Y por eso es que Sócrates no pueda escurrir el bulto en lo que a Alcibíades hace. Porque Sócrates nos ha sido pintado hasta la saciedad como el campeón de la democracia. Para él no importaba que las leyes fuesen injustas si habían emanado de la voluntad del pueblo. Hasta dio la vida por esa, a mi juicio, estúpida convicción. Un talibán en definitiva. 

Y así fue que de aquellos polvos estos lodos. Si Sócrates hubiese cuestionado las leyes injustas, vengan de quien vengan, a lo mejor el pueblo ateniense no había dejado que  Alcibíades se la metiera doblada y, de paso, así evitar que los espartanos ganasen la partida del Peloponeso. O, los rusos, la Guerra Fría, porque sí, en contra de todas las apariencias, los rusos la ganaron... por lo menos en Europa, gracias a todos aquellos Alcibíades que enseñaban en las universidades el estructuralismo y demás mandangas que glorificaban a ese eufemismo de la oligarquía que llamaban vanguardia del proletariado. Y, a día de hoy, ya ven en lo que estamos. No hay Estado en Europa que no controle el 60 o el 70 por ciento del producto interior bruto. Es decir, las minoritarias cúpulas de los partidos políticos son las dueñas de casi todo. Incluso, como estamos viendo ahora, de nuestras vidas. 

En fin, reconozco que ando cabreado, deprimido, paranoico... jodido, en definitiva.  

 

1 comentario:

  1. Yo ya nome cabreo.He pasado,como me digo a mí mismo,a la Tercera Fase,por lo de la película.El culto a Alcibíades es de practica común en tierras germanas.Creo que siempre lo fué.No se en mi patria,imaginoque también.Aquí abunda mucho el especímen que yo denomino "Don Geilo".Geil"significa varias cosas.Desde una mujer que está Geil o es Geil,cachonda,dispuesta a follar ,o símplemente de buén ver ,hasta algo que es increíble,muy bueno,etc...algo parecido a cojonudo .Pues de este tipo de individuos anda llena esta tierra de Luteranos,egoistas,sabelotodos,arrogantes y supremacistas.Pero ya hace tiempo que todo esto me la suda

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