miércoles, 7 de octubre de 2020

Don Jaime

Justo enfrente de la casa en la que me crie mi padre tenía alquilado un pequeño local que utilizaba como garaje. No era un garaje con el exclusivo fin de proteger el coche, concretamente un Opel del 33, de los elementos. También se utilizaba como taller, dado que aquellos coches, los únicos accesibles, eran piezas de museo a las que continuamente había que estar reparando algo para que siguiesen funcionando. Por eso era que se hubiese excavado un foso para acceder cómodamente a los bajos del coche y, también, se hubiese adosado un gran tablero en uno de los laterales para poder colgar en él ordenadamente las numerosas herramientas. Adosado al tablero había una mesa con un tornillo de banco y una esmeriladora de manivela. Como fácilmente comprenderán, aquel local tenía una atracción fatal para mi hermano y para mí. Mi hermano, mayor que yo, según mi percepción de entonces, se las sabía todas. Mi padre le utilizaba siempre a él de ayudante mientras que a mí era como si no existiese. Y así fue que como mi hermano me había enseñado lo que había que hacer para arrancar el coche, un día que, por azar, me había quedado solo en el garaje me apeteció poner a prueba mis conocimientos y por eso subí al coche y tiré del starter hacia mí. La cosa podría haber quedado en nada, pero dio la casualidad de que el coche tenía metida la primera marcha y por eso se puso a avanzar inexorable. Cuando llegó al primer tabique lo atravesó como si fuese de papel. Siguió adelante y atravesó otro tabique. Hasta que, ya al aire libre, tropezó con algo que le paró en seco. Se trataba de una piedra de esas que había en los corrales a la que se le había excavado una cavidad que se llenaba de agua para que los patitos aprendiesen a nadar. Lo bueno del caso es que el coche apenas se hizo unos rasguños y mis padres se lo tomaron como una anécdota graciosa con la que presumir de hijos ante los amigos. Tengan en cuenta que mi edad no creo que sobrepasase por entonces los cinco años. En fin, recuerdo que mis padres se fueron al día siguiente de viaje en el coche como si no hubiese pasado nada. 

Perdonen la batallita, pero es que estaba intentando introducirles en un ambiente, el que hace referencia al de las personas multifacéticas, es decir, que lo mismo te fríen una corbata que te planchan un huevo. Mi padre era de esos y, según mi memoria, todo lo que hacía le salía bien. Lo mismo el coche que la fontanería o la electricidad de la casa, todo muy precario, conseguía que se mantuviese en un estado de operatividad más que razonable. Por supuesto que con frecuencia recurría a los profesionales locales, pero ni por asomo les perdía de vista un solo minuto cuando les dejaba actuar. Porque es que si en la práctica le podían aventajar en la teoría no le llegaban a la suela del zapato. Pero, bueno, dejemos aparte a mi padre,

Lo que les quería decir es que no sé si la gente en general, ahora, tendría muchos medios para defenderse si el mundo se desbaratase. Bien es verdad que las tiendas de bricolage son fastuosas, pero no tengo ni idea de a qué tipo de clientela sirven. Aunque mi impresión es que, ya sea a profesionales, ya a aficionados, todo lo que venden es como si fuera alimento que ya estuviese masticado.,, vamos, que no hay que ser muy ingenioso para poder utilizarlo. Así que, con estos mimbres, como dicen los tertulianos, no me queda más remedio que preguntarme si sería posible hoy día que un ciudadano del común se convirtiese en un Robinsón Crusoe. Es decir, organizar su supervivencia disponiendo solo de  cuatro cachivaches. Porque en la televisión nos enseñan a gente que vive en lugares remotos de Alaska, pero con tal cantidad de sofisticados gadgets que, ¡alucina vecina! No, no es es eso a lo que yo me quiero referir. Mas bien es a tipos como Don Jaime, el maestro de Pámanes que me preparó para el ingreso de bachillerato y luego me dio clases en los periodos vacacionales. Me entusiasmaba como tenía la escuela llena de aparatos que explicaban las leyes fundamentales de la física y que había construido él con sus alumnos. Incluso había inventado un artilugio que colocó junto al ventanuco del gallinero  para contar las gallinas que entraban en él cada noche para protegerse de los zorros. O zorras. Ese tipo de gente, o de maestros, es el que me parece que ha dejado de existir. Y ya sé que la gente ahora sabe cosas muy sofisticadas, como Don Jaime, que también las sabía, pero el caso es que a él lo cortés no le quitaba lo valiente y por eso quizá fuese que en Pámanes tantos niños de su escuela acabasen estudiando en la universidad. 

En fin, no sé por qué me ha dado hoy por estas cosas. Quizá es que ayer estuve viendo  al chico de mantenimiento de la caldera del gas que no paró de sacar aparatos electrónicos del maletín para comprobar si todo estaba en orden. Por la tarde vino el cristalero y me pareció más interesante, no por como colocó el cristal, que lo puede hacer cualquiera, sino porque me estuvo contando cómo había montado su empresa de carpintería metálica. Eso también exige ingenio dado el número de políticos y burócratas que parasitan el sistema. Ya digo, en fin.     

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