lunes, 26 de octubre de 2020

El vicio

La cosa se está poniendo de lo más interesante. Solo a un gobernante ignorante y ensimismado se le puede ocurrir lanzar un torpedo a la línea de flotación del sistema. Y es que pretender frenar en seco el vicio es como quitar el lastre al barco en medio de la tormenta. El vicio, desde luego, destruye a las personas y a las sociedades, pero lo hace de una forma controlada siempre y cuando se mantenga dentro de ciertos límites. Es, como digo, como el lastre de los barcos, que lo que les resta en velocidad se lo compensa con estabilidad. Las putas, por ejemplo, cojan, agarren, y vayan a San Agustín para ver una defensa impecablemente razonada de su necesaria existencia. Y la droga, igual. Y no digamos, ya, el rockandroll.

¿Qué van a hacer ahora las gigantescas huestes de la noche? ¿Quedarse en casa viendo porno y cascándosela? A los dos días será tanta la frustración acumulada que sabe dios que disparates inventarán para aliviarse. Y es que aquí, una vez más, los gobernantes quieren enmendar las leyes no escritas del cielo. O sea, la ciega maniobra que inevitablemente abre las puertas a la tragedia. Y no es que lo diga yo porque sí, ni mucho menos, que si indagan un poco en las bibliotecas verán que no es otra la idea seminal de nuestra civilización occidental. Hay vicio porque el cielo así lo tiene dispuesto. Por cierto, ¿conocen ustedes a alguien que no sea vicioso? Y si le conocen, ¿no se han dado cuenta de que es el más tonto y antisocial del barrio? Sí, porque el vicio es un potente motor de la reflexión. Las resacas mañaneras ayudan más que cualquier otra cosa a reconsiderarse a uno mismo. 

Y lo mejor del caso es que lanzan la medida justo en el momento en el que por todas partes resuenan las voces más autorizadas llamando a la sensatez. La famosa pandemia ya solo existe en las mentes perturbadas. Los virus están siempre ahí y todos los años hay una o varias crestas de las sucesivas oleadas. Nada de lo que preocuparse a no ser que lo pongas en el portaobjetos del microscopio social y lo veas multiplicado por cien, mil, o cien mil. Una operación a todas luces interesada. Aunque no sepamos, o podamos comprender, que oscuros intereses han empujado a los mandatarios del mundo a semejante locura. 

Bueno, en cualquier caso, ahí tenemos el desafío planteado. Los gobernantes queriendo imponerse, el populus empezando a revelarse y, en medio, la policía paralizada porque sabe que la están gravando. No, desde luego, a las putas, a las drogas y al rocanrrol, nadie las mete en la mazmorra. Hay que ser muy Penteo para intentarlo. Por cierto que me gustaría saber cuantos de entre nuestros gobernantes saben quién fue Penteo y lo mal que acabó, precisamente, por hacer lo que ellos están intentando poner en práctica. O sea, poner cadenas al vicio. 

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