De las siete artes liberales de que se componía la enseñanza medieval, tres, el trivium que le decían, eran lo que luego se conoció como letras y las cuatro del cuadrivium, como ciencias. Pues bien, en las ciencias, junto a la aritmética, la geometría y la astronomía, estaba la música. Y en las letras, la gramática, la dialéctica y la retórica, es decir, el uso correcto del lenguaje. Bien es verdad que aquella enseñanza no estaba al alcance de todos, ni mucho menos, pero con la minoría que tuvo acceso bastó para que el mundo no parase nunca de evolucionar hacia una mejor comprensión de sí mismo. Claro, ahora miramos todo aquello con una especie de romanticismo: las novelas de Chrétien de Troyes o el mismo Tirant lo Blanc de Juanot Martorell, en donde los protagonistas son valientes, pero también sabios. No se les ahorra ninguna virtud y por eso lo mismo combaten a los malvados que componen una canción a la dama de sus sueños. Y, ya, si nos vamos a la baja Edad Media, cuando iba apuntando el Renacimiento en las ciudades meridionales, las justas matemáticas fueron desplazando a las justas guerreras del interés de los poderosos. La expectación habida en aquellas ciudades por la mejor forma de resolver las ecuaciones de tercer grado las tuvo en vilo por decenios. En resumidas cuentas, que el mundo, en esencia, nunca cambia: siempre hubo, hay y habrá, una pequeña minoría encargada de tirar de él y, de paso, llevar a la inmensa mayoría sobre sus espaldas.
Pero a lo que quería ir hoy es a lo de la importancia que se le daba por entonces, por comparación con hoy, al aprendizaje de la música. No era algo, como ahora, concebido para adornar a la persona para que así ligue mejor, o, simplemente, como un modus vivendi para personas algo especiales. No, por aquel entonces la música se concebía, en paridad con la aritmética y la geometría, como un instrumento para poner a punto el espíritu. Para afinarle, por así decirlo, desarrollando la intuición que es la madre de la creatividad.
Pues bien, cuándo fue que todo eso se fue al carajo. Cuántos entre la conocida como casta dominante tienen unos ciertos conocimientos de música y matemáticas. No sé, pero quizá fuese útil indagar esos aspectos de la vida pública porque de alguna carencia estructural tienen que emanar estos continuos sofocones que parecen amenazar con dar al traste con todo. Sí, desde luego, si por mí fuese o, como decía Buñuel, si yo fuera Dios, no iba a permitir que nadie sin probados conocimientos de música y matemáticas tuviese nada que rascar en lo que a mandar se refiere. Y es que tengo cierta experiencia al respecto. De entre los músicos que he conocido puede que algunos fuesen viciosos, incluso autodestructivos, pero casi nunca les oí decir tonterías. Gente, en definitiva, curtida en prácticas de soledad y, también, de lucubración matemática, porque, en contra de lo que creen los profanos, todo es cálculo en la música.
Sí, me pregunto qué clase de necios intereses apartaron a la música del centro del aprendizaje básico que no es otro que el de pensar con fuste. En fin, allá cada cual con sus particulares milongas, pero a mí no me la dan con queso. Ni a mucha gente tampoco. Lo demuestra, por poner un ejemplo, los millones de visitas que tienen los videos de Jaime Altozano. No, no basta con sentir, como sostienen los melómanos. Lo que nos hace humanos es saber porque sentimos lo que sentimos. Su fundamentación científica. No hay otra forma de acertar mínimamente.
En fin, perdonen mi inmodestia, pero es que le debía a Carlos una explicación.
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