Me mandó Santi un libro titulado "La Música de los Números Primos". Los números primos son los que solo son divisibles por uno o por ellos mismos. Es decir, no se pueden factorizar. Y precisamente por eso siempre llamaron la atención de los matemáticos. Desde Euclides a Euler, pasando por Fermat no hubo uno digno de tal nombre que no echase su cuarto a espadas sobre el asunto. El santo grial que anduvieron siempre buscando, y en ello siguen, sería dar con una formula que les identificase. Hubo ocasiones en que creyeron haber dado con ella, pero rebasado cierto límite relativamente corto dejaba de funcionar. Así ha sido que insiste que insiste, aparte de ir identificando nuevos primos de alturas astronómicas, la única fórmula sobre el particular que parece funcionar es una que aproxima el número de primos que hay según los dígitos que tiene una cantidad determinada. Menos da una piedra, desde luego, pero poca cosa es.
Lo verdaderamente sorprendente de ese empeño es que no se le conocía la menor utilidad. Como subir al Everest, por buscarle una similitud. Espíritu de superación y punto. Pocas cosas habrá más humanas que aspirar a tocar el cielo. Ya sea escalando una montaña, descubriendo una fórmula o snifando una raya de cocaína. Cada cual según sus capacidades; cada cual según sus necesidades, como preconizan los comunistas. Claro, el problema de esto, caso de que lo sea, es que la cocaína se lo lleva de calle de todas todas. Pero, bueno, ésta es otra realidad en la que no vamos a entrar ahora.
Espíritu de superación, búsqueda de honor y gloria. Que los demás se inclinen a tu paso. La vanidad, el auténtico motor del progreso de la humanidad. El dinero, el poder, por añadidura, como todo lo secundario. Y así, con tales mimbres se sigue intentando construir el cesto de los primos. Y por ahí hay premios millonarios esperando para quien consiga algún avance en el camino que conduce al santo grial que les comentaba. Y, nunca se sabe porque la vida da sorpresas, pero hay mucho escepticismo en el ambiente al respecto.
El caso es que como nunca se sabe por dónde va a saltar la liebre lo mejor es estar atentos a todo lo que se mueve. Y así, un buen día surgió todo esto del internet y, con ello, el descubrimiento por parte de los bancos de que el invento era vital para ellos. Si lo utilizaban bien se podrían obtener los mismos resultados prescindiendo de la mitad o más de las sucursales y los empleados. Pero había un problema que había que resolver antes de poder poner por obra tan halagüeña pretensión: la natural desconfianza en la condición humana... esa que dicen los russonianos que es buena por naturaleza y así seguiría siendo si no viniesen los capitalistas a corromperla. ¡Sancta simplicitas! Total, que como los bancos tienen los medios necesarios para recurrir a quien sea que necesiten en cada problema que se les presenta, en este caso, recurrieron a los matemáticos que, de inmediato, les proporcionaron, esta vez sí, el santo grial de la seguridad. Y es que desde Euclides para atrás se sabe que cualquier número no primo es el producto de dos o más primos. Y tambien se sabe que tú, coges, agarras dos números primos de, pongamos, veinte dígitos cada uno, los multiplicas, obtienes un nuevo número, tiras entonces esos números primos al fondo de los océanos y al cabo de un rato tratas de obtenerlos de nuevo utilizando el número que obtuviste de su multiplicación. Pues bien, ni dios, literalmente, lo conseguiría. Todos los ordenadores existentes puestos a la tarea no conseguirían resolverlo antes del día del juicio final. O sea, resumiendo, que es una operación de ida muy fácil, pero de vuelta imposible. Bueno dicen que cuando los ordenadores cuánticos estén operativos estará chupado, pero me parece que va a tener que correr mucha agua todavía bajo los ojos del puente para que eso llegue. En fin, la cosa es sencilla, el cliente sabe cual es su primo, el banco sabe el suyo, y el sinvergüenza que les quiere robar solo conoce el producto de los dos primos, o sea, como si no conociese nada. ¡Seguridad total!
No sigo porque ya saben que dándole vueltas a cualquier cosa que sea se puede describir toda la historia de la humanidad en sus infinitas facetas. La vanidad, la desconfianza, la sinvergüenzonería, etc., etc., etc... y eso, sin olvidar, que primos también son esas personas a las que se engaña con facilidad.
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