sábado, 3 de octubre de 2020

¡Tantas filosofías!

Justo al lado de Mercadona hay un bar por delante del cual tengo que pasar por fuerza cada vez que necesito reponer la despensa. Pues bien, dicho bar tiene una especie de porche en el que siempre hay una asamblea de seis o siete parroquianos quitándose la palabra de la boca los unos a los otros. Ni les digo cómo debe estar aquel ambiente de coronavirus y demás noxas biológicas porque mi consumado ojo clínico me dice que, si no todos, casi todos los asamblearios son EPOCs en avanzado grado de descomposición. El concierto de toses que intercalan entre sus argumentaciones es antológico. Ni cuando trabajaba en el Pabellón 21 de Valdecilla, allá por los sesenta del siglo pasado, pude escuchar a semejante coro de virtuosos de la toilet bronquial. Bueno, también me recuerdan a cuando en los setenta, también del siglo pasado, habitaba en un flat de Earls Court que tenía vistas sobre una plazoleta en la que, más que demorarse, vivía un grupo de borrachos que no paraban de reírse en todo el día. Como por entonces andaba arrastrando una depresión galopante, el mirarlos se había convertido en la única ocupación para la que podía sacar fuerzas de flaqueza. Sí, esa es la cuestión, que los que por naturaleza tendemos a la melancolía, que es la forma suave de llamar a la depresión, tenemos como una especie de atracción fatal por las pulsiones suicidas de los otros. Es, supongo, como una pócima compuesta por dosis indeterminadas de admiración, envidia y horror y que, una vez ingerida, te proporciona la miseria moral disfrazada de elegancia que es el cinismo. 

Y para colmo de alegrías, no para de llover. Bueno, más que llover, jarrear, como se decía por aquel entonces. Menos mal que desde la ventana controlo a los asamblearios que hacen guardia bajo el toldo del bar Marcial. Más envidia, más admiración y más horror para mi coleto. Lo que la admiración y la envidia me incita, el horror me lo yugula. Porque soy un jodido cagado. Toda la vida perdida por miedo a la resaca mañanera. ¡Por dios bendito, tantas filosofías!   

1 comentario:

  1. En Conil,cuando voy ,o cuando íba,había un bar también del estilo.Con una terracita protegida,donde los paisanos,a eso de las 9 o las 10 de la manhana,ya estaban tomando unas copas minúsculas de cognac y discutiendo las cosas del mundo,todo ello en GAditano,que es un arte en sí mismo.Cuando volvía ,sobre las 2 de la tarde ,seguían allí,dale que te pego.Eso de las resacas manhaneras ,o peor ,las resacas de media tarde,es el peor invento humano,te lo digo yo,harto de experiencia.

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