En mi particular percepción de las cosas, uno de los pocos reductos de libertad que hay en España es el Instituto Juan de Mariana. Afortunadamente toda, o la mayoría de la actividad que en él se lleva a cabo se puede ver en la red. En lo personal, les diré que escuchar las conferencias y debates que allí tienen lugar es uno de los pocos consuelos que me quedan. Y es que la experiencia y el conocimiento que he ido acumulando a lo largo de mi dilatada vida me dicen que el día que se cargaron al predicador de la montaña para convertirlo en mesías se jodió para siempre la libertad individual que hasta entonces había estado en el centro de la mayoría de las culturas mediterráneas. A partir de entonces lo que se puso de moda fue la pobreza de espíritu e ir de merienda por la cara y en comandita a la orilla de cualquier lago. Y en ello estamos y cada día que pasa parece que con más entusiasmo.
Ya sé que es difícil tomar en serio estas cosas que digo, pero, quizá, si se pasasen por el citado Instituto y escuchasen la entrevista que le hacen a María Marty, a lo mejor ya no me tomaban por tan loco. María Marty es una especialista en la vida y obra de Ayn Rand, sin duda una de las mejores cabezas que dio la humanidad en el siglo pasado. En esa entrevista, aunque se hace un repaso a todo lo que tiene que ver con la autora, el contexto que le dicen, en lo que principalmente se centran es en su obra cumbre, "La Rebelión de Atlas".
Como supongo que todo el mundo sabrá, Atlas fue el capitán de los Titanes que guerrearon contra los Olímpicos, los nuevos dioses, que venían a destituirles. Por supuesto, fueron derrotados y Zeus, capitán de los Olímpicos, condenó a Atlas a llevar el mundo sobre sus espaldas. Pues bien, lo que cuenta Ayn Rand en ese libro es que Atlas ya se ha cansado de soportar tanto peso y se ha rebelado. Ha cogido, agarrado sus bártulos, y se ha largado. Ahí os quedáis con vuestra pobreza de espíritu y ¿a ver para cuantas meriendas a la orilla del lago os queda?, ha dicho. Y eso es todo, lo que no es poco ni mucho menos.
¿Y quién representa a Atlas en la imaginación de Ayn Rand? Pues muy sencillo: la gente creativa, guerrera, emprendedora. Una minoría muy minoritaria que se aburre merendando a la orilla del lago. Prefieren quedarse en el garaje de su casa enredando con cachivaches por si dan con algún tipo de ingenio que sirva para facilitar la vida de la gente y, por tal, poder vendérselo. De hecho, muchas veces dan con él y ese es el comienzo de una epopeya personal: la construcción de un imperio que sustenta una parte del mundo. El problema de todo ello es que ese imperio es inevitable que esté asediado por todas partes por los pobres de espíritu que quieren merendar gratis, a la orilla de un lago a ser posible. Ya saben que si de algo son millonarios los pobres de espíritu eso es de las pequeñas preferencias.
Recuerdo ahora aquel lejano entonces en el que yo estaba en casa, en reunión familiar, recién llegado de Valladolid con el aprobado para acceder a la universidad bajo el brazo. Se trataba de dilucidar cuál era la carrera que más me convenía cursar. Yo me inclinaba por la de farmacia, quizá porque tenía muy sobrevalorado lo de las tertulias de rebotica que tantas veces había visto en la farmacia de mi tío. O por que lo de tratar con enfermos no me tiraba en absoluto. Por lo que fuese, en fin, que no me valió de nada porque mi padre tiró de argumentos irrefutables. Uno, que el no tenía dinero para ponerme una farmacia; dos, que había hablado con Palanca, el que por entonces ostentaba el cargo de Director General de Sanidad, y le había dicho que era voluntad del Estado la puesta en marcha del Servicio Nacional de Salud, lo cual implicaba que iba a haber trabajo a sueldo ad infinitum para los médicos. La suerte, por tanto, estaba echada: al día siguiente mi hermano se fue a Valladolid y me matriculó en la Facultad de Medicina. Ni siquiera me pidieron mi aquiescencia. Y, yo, que pasaba de todo con tal de irme cuanto más lejos de casa mejor. En resumen, que ahí comenzó mi parcour de pobre de espíritu aficionado a las meriendas gratis allí donde las hubiese.
Y voy acabando ya. Según cuenta María Marty, "La Rebelión de Atlas" no es otra cosa que la historia de esos empresarios que hartos del agobio burocrático e impositivo de los Estados cogen lo que pueden salvar y se largan a otros ámbitos más aireados. Y ahí os quedáis con vuestras meriendas y vuestros multiplicadores de panes y peces... y a ver si son capaces de seguir multiplicando sin mi soporte.
En fin, ya les conté que a Prometeo, el Titán por antonomasia que inventó mil cachivaches, le tienen arrumbado en el patio de una nave de un polígono industrial de tres al cuarto. Por contra, el del Sermón de la Montaña preside la ciudad desde lo alto de un cerro. Es lo que hay. Y tiene pinta de ir a durar.
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