Cuando lo de aquellos maravillosos años, los que andábamos un poco avisados del tema, o sea, que leíamos, un suponer, a Freud, Jung y así, y, sobre todo, nos movíamos en círculos inquietos, conocíamos un término que lo mismo servía para un roto que para un descosido: psicosomático. Así era que, si a un tipo, emprendedor y tal, que presentaba una sintomatología digestiva de las que amargan la vida le recetabas dogmatil, el antidepresivo de moda por entonces, no veías pasar cuatro días antes de que viniese a expresarte su agradecimiento por los buenos resultados obtenidos. A esa misma operación, en mi pueblo le llamaban levantar la paletilla. Cuando alguien andaba bajo, o pachucho, se decía que se le había caído la paletilla. Entonces, lo procedente era acercarse a los lugares en donde la levantaban. Generalmente era en los puntos de recogida de la leche, los lugares más sagrados, quizá, de todo el territorio. Solían merodear por ellos ciertas mujeres correveidiles que lo mismo echaban un polvo, que rifaban una manta, que levantaban la paletilla, o lo que fuera que fuese que les proporcionase algunas pesetillas. Lo de levantar la paletilla, creo recordar, era una maniobra consistente en poner al alicaído la rodilla a la altura de las vértebras dorsales y tirar de los hombros hacia atrás. Tenía que sonar un chasquido para que la cosa fuese efectiva... que lo solía ser porque, como supongo sabrán todos ustedes, nada como la magia potagia para solucionarle los problemas al pueblo llano.
La cosa no podía, y sigue sin poder, estar más clara. Hay personas que presentan una sintomatología patológica para la que es imposible encontrar causas orgánicas. Los médicos sabemos el coñazo que pueden llegar a ser esos enfermos. Y, por contra, los farmacéuticos, o curanderos, lo rentables que son. Se les nota de lejos que no quieren curarse ni así les maten. Es como si intuyesen que es esa enfermedad imaginada la que estabiliza su vida. Pues bien, no sé si fue Freud, o quienquiera que fuese, el que se dio cuenta que esa enfermedad imaginada es la terapéutica ideada por la propia naturaleza para que el paciente pueda sobrellevar su verdadera enfermedad, mucho más grave, por supuesto, porque es del espíritu. De ahí el nombre: psico de espíritu y somático de cuerpo. El cuerpo se hace eco de los tormentos del espíritu y así consigue, siquiera mínimamente, silenciarle.
Vale, todo esto, obviamente, es más viejo que los pedos. Y sabido es que lo que sirve para los individuos fácilmente se puede extrapolar a las sociedades. No hay que ser un lince para darse cuenta de que a una sociedad solo le acechan los enemigos y todo tipo de peligros cuando su sistema productivo se ha quedado anticuado y no hay forma de vender un peine. Pero, ¿a ver quien es el valiente que le dice la verdad al populacho? ¡Tíos, más aula y menos barra de bar! Sería suicida para cualquier político o intelectual orgánico... que lo son todos. Mucho más fácil inventar fantasmas que lo enmascaren todo en lo que dura el temporal. Porque los temporales pasan. No olvidemos que la naturaleza tiende al equilibrio y los sistemas productivos anticuados a la modernización vía agudización del ingenio de los mejores.
Por todo lo expuesto puedo afirmar y afirmo que a mí no me la dan: ni pandemias ni leches. Lo que hay de cierto es un desfase de nuestros sistemas productivos que están pidiendo a gritos que les modernicen. No tengo ni idea en qué tendrá que consistir esa modernización, pero de lo que sí tengo certeza es de que lo que hay ahora es manifiestamente ineficiente. No puede haber paz en una sociedad en la que la mitad de la gente no tiene otra forma de dar sentido a su vida que la de fumar porros mientras se acaricia a un perro en una terraza ubicada en lo que antes era un aparcamiento de coches. ¡Uf!
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