La Historia es una fruta que necesita de grandes cantidades de tiempo para madurar. Tengo todavía muy vivo en el recuerdo los enormes sarpullidos causados en la Europa narcisista de los setenta por la obra de Alexandre Solzhenitsyn. Los más afamados gurús del pensamiento del momento se limitaron a calificarle de fascista y ello bastó para desviar por un tiempo el río de la Historia. Los perros siguieron mucho tiempo todavía atados con longanizas en la Unión Soviética porque así lo aseguraban tipos tan humanos como Sartre, Neruda y demás aficionados a dejarse invitar. Pero al final, claro, la fruta maduró, por más que, hoy todavía, los que no pueden alcanzarla sigan diciendo que está verde: la famélica legión de los resentidos.
Porque hay una cosa para la que la propia experiencia debiera bastar para reconocerla:nada nos consuela tanto de nuestras derrotas como manipular el recuerdo. Y no hay que esforzarse mucho para ello porque ya se ocupa el instinto de proporcionar los elementos esenciales de la triquiñuela. Pasar de verdugo a víctima está chupao a nada que te rodees de malas compañías. Compañías iletradas, bien sure.
Les traigo estas reflexiones a colación por el revuelo que hay montado a propósito del Invicto Caudillo. Sí, sí, bien digo, Invicto, que murió en la cama bajo el manto de no recuerdo qué Virgen y agarrado al brazo incorrupto de, nada más y nada menos, Santa Teresa de Jesús. Pues sí, ya van para 43 que la palmó y 82 de su glorioso alzamiento, lo cual que ya va siendo tiempo para que empiece a correrse el caricaturesco velo que por las necesidades de consuelo le habían colocado aquellos lejanos perdedores. Ya sé que la maniobra será cuestión de años porque están muy oxidados todos los mecanismos, pero el caso es que empiece alguna vez. Y ya ha empezado. Lo de fascista, asesino, sanguinario y tal, ya va quedando en malos modos y mano de hierro. Estamos mal todavía, pero vamos bien que es lo que importa. El final, estoy seguro, todo quedará en un autoritarismo a lo Ataturk que sentó las bases de la modernidad: agua, luz y conocimiento. A partir de ahí, todo lo demás por añadidura. Todo, incluso el consuelo de los derrotados debidamente canalizado a través de El País, un medio que, no se olvide, fue fundado por hijos de preclaros capitostes de lo abominable.
Sí, atado y bien atado, esa es la incuestionable verdad que nadie se va a poder saltar. Y es que no hay cadenas más difíciles de romper que las que se fabrican a golpe de incrementos disparados del PIB. Y ya está.
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