viernes, 31 de agosto de 2018

Bendito aburrimiento

Respecto de cuál es el motor del mundo hay opiniones para todos los gustos. La codicia, la ambición, el afán de notoriedad y demás cualidades notables del ángel caído sin duda han tenido mucho que ver en el desarrollo de los acontecimientos para bien y para mal. Pero hay a mi juicio un estado del alma mucho más influyente y al que pienso que no se le presta toda la atención que se debiera: el aburrimiento. 

Uno de los grandes problemas de la humanidad en estos días -siempre a mi inmodesto juicio, por supuesto- es que se considera de todo punto inadecuado adiestrar a los niños en el difícil arte de convivir con el aburrimiento. Estar aburrido es socialmente considerado como una lacra del espíritu propia de gente poco dotada. Los inteligentes, se da por hecho, nunca se aburren. Otro más de los malignos tópicos aventados por los más aventajados discípulos del mentado ángel caído. Por eso es que la chusma no es que no quiera aburrirse, no, que eso no se le alcanza, lo que no quiere por nada del mundo es parecer que se aburre porque piensa que eso le desprestigia por encima de todas las demás cosas detestables que pudiera hacer.  Y así hemos llegado a que los diversos placebos con los que se intenta aliviar el aburrimiento de los necios se hayan constituido en esta actualidad tan paradójica que vivimos en una ingente industria que lo abarca casi todo. 

Que no se engañe nadie: sin aburrimiento no hay reflexión sobre el propio ser. Sobre el sentido de la vida, el quién soy, qué hago aquí, qué merece la pena, en fin todas esa cosas que te constituyen como individuo y te alejan del rebaño que consume placebos. Porque no sólo es la satisfacción desaforada de deseos infantiles, también son placebos todos esos líos que  entretienen a las masas sin quitarlas la ansiedad: el brexit, los lazos amarillos, el antifranquismo, los "me too" y demás mandangas que ni siquiera resistirán un par de generaciones antes de caer en el olvido más absoluto.

Ya sé que decir estas cosas es embestir molinos de viento o, mejor, rebaños de ovejas, pero eso es lo que hizo Don Quijote y pasan los siglos y ahí sigue iluminando con su lógica implacable.  

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