Pasaba yo por aquel entonces una consulta de pulmón y corazón en el ambulatorio de San Adrián del Besos. Para la cosa del papeleo, que constituía el grueso de la tarea, disponía de un ayudante discreto y eficiente, catalán patanegra que además vivía en una de las plazoletas más guays, y ruidosas, del Barrio de Gracia, ¡casi na!. Aquella era una época en la que me había dado por leer Historia y como entre enfermo y enfermo tenía muchos ratos muertos los aprovechaba para darle a Tito Livio o Tácito o Suetonio que eran los que me molaban por entonces. Así fue que un día aquel ayudante me pasó un papel para que lo leyese. Pues bien, hoy me ha venido a la memoria porque el contenido de aquel papel es exactamente el mismo que viene hoy en El Mundo en una de las Valéryanas de un tal Tadeu. Perdón, valéryana quiere decir párrafos escogidos de un escritor francés de principios del XX de nombre Valéry. El párrafo dice así:
"La historia es el producto más peligroso que la química del intelecto haya elaborado. Sus propiedades son bien conocidas. Hace soñar a las personas, las embriaga, les da falsos recuerdos, exagera sus reflejos, mantiene sus viejas heridas, las atormenta en su reposo, las conduce al delirio de grandeza o de persecución, y hace que las naciones sean amargadas, soberbias, insoportables y vanas. Justifica lo que queramos. No enseña estrictamente nada, porque lo contiene y da ejemplos de todo. ¡Cuántos libros se escribieron que se llamaban: La lección de esto, Las enseñanzas de aquello!... Nada más ridículo que leer -después de los acontecimientos que siguieron a los acontecimientos- esos libros que interpretaban la dirección del futuro. En el estado del mundo, el peligro de ser seducido por la Historia es mayor que nunca".
No recuerdo lo que pensé al leer aquello. Seguramente me dio qué pensar. Porque ya por entonces, años 80 del siglo pasado, se atisbaba en el ambiente catalán está esquizofrenia del presente respecto de lo que fue el pasado. Efectivamente, si hay algún sitio en el mundo actual en el que la historia sirva para justificarlo todo, ese sitio es Cataluña. La escrita a beneficio de inventario, por supuesto. Pero eso da igual, porque lo que importa en cada momento es lo que sirve para justificar mis actos. Cuentos de buenos y malos, de superiores e inferiores. Los que mandan, si de una cosa están seguros, eso es que la chusma se lo traga todo a nada que le sobes el ego.
Sin embargo, sigo creyendo en aquello que nos solía decir mi padre: lo que no queráis que se sepa no lo hagáis. O lo que es lo mismo, que a la larga la historia acaba por conformarse más o menos fiel a lo que de verdad pasó. Y eso a pesar de que la propaganda puede evitarlo por periodos más o menos largos, pero al final siempre se descubre el pastel. Y hoy, al margen de las menudencias que sirven para justificar los agravios de los resentidos, podemos tener una idea bastante certera de lo que fue la antigüedad que conformó nuestro presente. Grecia ganó al Oriente porque supo enunciar el Teorema de Pitágoras. Ganó y sigue ganando España en América porque fue allí con las Leyes de Indias. Y de nada servirá la milonga del genocidio que cantan los adversarios porque pasarán más de mil, dos mil y tres mil años y ahí seguirá incólume, al igual que la Ilíada para los griegos, "La verdadera historia de la conquista de la Nueva España" de Bernal Díaz del Castillo. Porque ese es el caso, que la historia se puede manipular, pero cuando ya está convertida en leyenda, echalá de comer a parte: lo real y lo simbólico se hacen indistinguibles y el imaginario popular lo eleva a los altares. Ya no hay espacio para la manipulación; sólo, si acaso, para la especulación... que es lo bonito de cualquier ciencia.
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