sábado, 15 de septiembre de 2018

La otra vida

Les diré por qué la vida es cada vez menos interesante cuando no una verdadera mierda que cuesta sostener. Pues muy sencillo, porque llega un momento en el que da exactamente lo mismo esforzarse que no esforzarse para tener cubiertas todas las necesidades básicas. La realidad es que en nuestra inocencia pensamos que morirse es dejar el corazón de latir, pero nada más lejos de la verdad: en ese soñado momento en el que ya no tenemos que luchar para comer a diario y dormir a resguardo ya hemos pasado a mejor vida, nunca mejor dicho. 

De vez en cuando, cuando ya no puedo más, me acuerdo de esa máxima erasmiana que asegura que hace mal el que no sale todos los días a dar una vuelta. Entonces, cojo, agarro, exprimo la poca voluntad que me queda, me calzo las sandalias y me voy a la calle. Confieso que la mayoría de las veces me supone una tortura. Mire para donde mire sólo veo perros y tatuajes. Y zombis fumando y bebiendo a las puertas de los bares. La sensación es la de que nadie tiene nada que hacer que no sea esperar el santo advenimiento de la parca. 

No son pocas las veces que, ya en la puerta, desisto del intento, me quito las sandalias y vuelvo al salón a recrearme en la derrota. Sé de sobra que ni recopilando todos los restos de voluntad que me quedan podré hacer algo que sea capaz de sacarme de mi mismo. Porque en eso consiste exactamente la maldición que pesa sobre mí: las altas dosis de voluntad que se necesitan para realizar las actividades que pudieran provocarme la evasión. Voluntad, justo lo que le falta al que pasó a mejor vida y no se enteró. Muertos vivientes que le dicen. La otra vida. 

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