lunes, 3 de septiembre de 2018

Cáncer

Recuerdo perfectamente aquel ya lejano día en el que Felipe González ganó por primera vez las elecciones. Residía yo por entonces en Barcelona y aquella tarde me vi celebrando la victoria en el piso de la hija del comisario jefe de la policía de Madrid. Ella era profesora de la Universidad, lo mismo que la mayoría de los que por allí andaban, todos, eso sí, dándole a las más diversas sustancias ya fuesen estimulantes ya fuesen estupefacientes. Por lo visto el triunfo de nuestro líder máximo, o de nuestra opción salvadora si mejor quieren, no era suficiente para serenar nuestros espíritus. Así son las cosas de la vida. 

Al poco de ese día empecé a recibir noticias sobre innumerables conocidos míos con los que antaño había compartido ilusiones que de la noche a la mañana habían visto como sus sueldos se duplicaban o triplicaban por el simple mérito de mostrarse como los más entusiastas de la causa. Desde luego que no dejaron títere con cabeza en las estructuras de mando. Todo lo que tenía suplementos dinerarios lo coparon. Hubo casos que me parecieron tan escandalosos que sirvieron, de una vez por todas, para sacarme de encima toda la mugre buenista que hubiese podido albergar en el pasado. A partir de entonces, la política para mí ha sido sobre todo el asalto a los puestos mejor remunerados de la administración del Estado. 

Pues bien, parece ser que ahora el Sr. Sánchez está levantando ampollas con la repetición de la misma jugada que hizo Felipe González con la entusiasta anuencia del respetable. Digamos que ya se ha descubierto el pastel y todo el mundo sabe de qué va la cosa. La democracia, señores, es fundamentalmente esto, que los que tienen vocación de servicio -la más miserable de todas las opciones de vida a mi juicio- se peleen entre ellos por esos puestos de trabajo que no precisan de formación alguna porque siempre van a tener a su lado a gente cualificada, los funcionarios de carrera, que les va a señalar el camino a tomar. Es un poco caro, pero hay que resignarse porque así se tiene controlada a la sección más tóxica de la sociedad. 

Por cierto que ayer estuve viendo en la NHK un documental sobre una ciudad china del interior, lindando ya con el desierto. En realidad parecía una ciudad cualquiera de cualquier lugar del mundo desarrollado. Del más desarrollado, bien sure. Y bueno, me preguntaba al ver a aquella gente, que parece que hace más o menos  las mismas cosas que hacemos aquí, si echarán en falta este rifirrafe verbal que es la democracia. Claro, en un documental no se aprecia eso porque sólo te enseñan a gente que se reúne para hacer música en el parque y cosas así de simpáticas. Pero sí, supongo que también allí habrá gente tóxica que so capa de vocación de servicio aspira a vivir del cuento. Pero se ve que les tienen controlados. No sé como lo lograrán porque debe ser de las cosas más díficiles, como combatir el cáncer o cosa por el estilo. 

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