En Liérganes vivía un doctor. Había sido compañero de carrera de Baroja y, como él, recorrió varias universidades buscando coladeros para las asignaturas difíciles. La cosa todavía funcionaba así en mis tiempos. A Valladolid venían alumnos de Zaragoza a terminar la carrera con la pediatría pendiente. Y es que en Zaragoza había un catedrático de pediatría que era un hueso. El caso es que si se tenía un padre pudiente no había problema. Y el del doctor de Liérganes lo era. Y por eso cuando acabó la licenciatura no puso pegas a comprarle una tesis doctoral. Hacer tesis doctorales para venderlas era en aquellos tiempos, por lo visto, una forma elegante de ganarse la vida. Baroja, según el mismo cuenta, no necesitó comprarla porque como tenía habilidades literarias la escribió en una noche. "El dolor. Estudio de Psicofísica", la tituló. El caso es que el doctor de Liérganes nos proveyó de anécdotas jugosas que nunca olvidaré. "Bien comidos, bien bebidos y, encima, con el esparrago fiero..." nos gritó una vez a un grupo de estudiantes que pasábamos por delante del hotel en el que vivía. El hombre ejerció poco la profesión para bien de la humanidad, pero, sin embargo, como por herencia paterna conocía todas las lindes de las fincas del pueblo fue un excelente y muy respetado juez de paz.
A mí nunca se me pasó por la cabeza, ni de lejos, lo del doctorado. Me bastó la licenciatura para sentirme sobrepasado por los restos. En realidad siempre pensé que más que carrera universitaria lo que yo tenía era una especie de eso que llaman formación profesional. Unos conocimientos rutinarios para solucionar problemas comunes de la gente. Empecé a ser dolorosamente consciente de ello cuando me acercaba a la cuarentena, lo cual, como comprenderán, me bajó considerablemente los humos y me proveyó de justificaciones para salir pitando a la búsqueda de nuevos ámbitos de autoafirmación. Ahora, después de mil descalabros y pifias, ya sé que moriré sin encontrarlos. ¡Y qué se le va a hacer!
Pensaba en estas cosas porque de repente la gobernanza del país parece haberse convertido en una sitcom con los prestigios académicos como punta de lanza de los consecutivos gags. Es como una competición de adolescentes a ver quien tiene ya sea la poya, ya sea la raja de la hija del rajá, más larga. Y todo puro fingimiento, porque el, o las, que la tienen considerable de inmediato son contratados/as por la industria del porno que, como supongo sabrán, es la más poderosa del planeta.
Y ese es todo el intríngulis de esta comedia de situación que nos tiene el culo partido de risa: el fingimiento pillado in franganti con su correspondiente excusa en primera instancia, "esto no es lo que parece" y, amenaza en segunda, "os vais a enterar". Y así, uno tras otro van cayendo todos los protagonistas con más daño que escarmiento. En definitiva, todo ello, prueba fehaciente de que todo este tinglado de parlamentarios, parlamentos y demás figurantes no tienen otra función que la de mantener al pueblo llano entretenido. Y las cosas de comer, pues Bruselas. A D. G..
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