martes, 11 de septiembre de 2018

Comedia

Una de las cosas de las que se habla poco y que, a mi juicio, es de una trascendencia considerable es el asunto ese de la carne para hamburguesas fabricada en laboratorios. De seguir adelante con el invento el cambio va ser del tipo del que se produjo cuando se inventaron el tractor, las cosechadoras, empacadoras y demás. Si la presencia humana en el campo, entonces, se redujo a una décima parte de lo que había, ahora, con esta nueva carne, apaga y vámonos. Porque desaparecerán la mayoría de las granjas, pero sobre todo los cultivos dedicados a forraje y piensos, que son la mayoría. Al final, el campo volverá por sus fueros, o sea, a ser territorio salvaje por el que no se podrá transitar sin ir armado. ¿Se imaginan?

Será maravilloso, dicen los ingenuos, esa vuelta al estado primigenio. Nos habremos librado de una tacada del peor de los enemigos del planeta: los pedos de las vacas y supongo que de los cerdos, gallinas y demás. Como siempre, claro, los ingenuos ignoran a Prometeo. Piensan los muy tontos que los dioses se van a quedar de brazos cruzados viendo como les robamos otro poco más de fuego. ¡Sancta Simplicitas! Ya verán cuando empiecen a proliferar las fábricas de producción de carne y los yacimientos de las materias primas necesarias para elaborarlas. Ya me estoy imaginando la peste que va a recaer una vez más sobre el pueblo llano, o sea, el hacinado, cuando les instalen esas factorías cabe sus casas. No, desde luego, el pueblo, pase lo que pase, siempre va a tener motivos de sobra para seguir cantando flamenco que, como dice hoy en un periódico un artista socialista -perdonen el oximorón- es la expresión del dolor del pueblo. Ya saben: ¡Tiritiritiritirí, titiritando de frío! 

Esto, en definitiva, es cosa de locos. La prueba fehaciente es esa serie que no puedo dejar de ver, The Big Bang Theory. La cosa más seria del mundo, Caltech, donde se cuece todo lo por venir, es una comedia. Al fin y al cabo, también el Olimpo lo era. Y no por nada sino porque, a la postre, todo lo que puedan maquinar en Caltech, o en el CERN, o el MIT, o cualquiera otro de los santuarios que hay por ahí, se queda en nada frente a la fuerza de atracción devastadora que ejerce un pelo de coño. Por cierto que no veo en el mundo signo de decadencia más alarmante que esa manía que les ha entrado a las mujeres de hacerse un koyak. Mucho peor que lo de Sansón cuando le cortaron la melena. En fin.  

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