En el bar de Husillos, las antiguas escuelas, ayer a media mañana sonaban boleros mejicanos al estilo de Javier Solís. La camarera, una rubia añosa, tatuada y culona, se las arreglaba para mantener pegada a la barra a una mesnada de viejos de aire melancólico. Apenas mediaban palabras que no fuesen las precisas para repostar. En la terraza, tres jóvenes espatarrados fumaban porros y bebían birras con el consiguiente alborozo. Pedí café con leche y un pincho de tortilla y me fui con ello a una mesa a observar mientras lo zampaba. La tónica dominante eran las miradas de través al culo de la rubia. ¿Cómo podría ser de otra manera? Como una especie de calentar motores antes de salir pitando para El Caballero de Monzón, a menos de dos kilómetros de allí. Y así pasa la vida, las ilusiones, los sueños, todo se olvida, cantaban los Pata Negra. Se les olvidó añadir que siempre quedan las putas.
Me hace mucha gracia todo esto de los socialdemócratas, con sus suecos a la cabeza, queriendo que el mundo no sea como no puede ser de otra manera -perdonen el trastrabilleo lingüístico-. Me pregunto yo qué es lo que piensan hacer con esos viejos melancólicos una vez camuflado el culo de la rubia y cerrado El Caballero de Monzón. Quizá en su genialidad de visionarios ya les están imaginando pegados a la pantalla del ordenador para ver vídeos de física teórica.
Es difícil entender el mundo. Sobre todo según ciertas perspectivas redentoras. Así que decidí irme hacia aquellos bancos a la sombra de unos chopos cabezones que hay a la salida del pueblo a seguir con los boleros por mi cuenta. Siempre llevo la Seductora encima en estas cabalgadas por el far west. Pero ya estaba haciendo tiempo que echaba en falta bemoles y sostenidos. Así que dejé colgado a la mitad el "Solamente una vez" y pedaleé a la desesperada para llegar antes del cierre a Musical Sancho y hacerme con una Chometta 12. Hay que tener en cuenta que sin ella no hay forma de tocar en modo frigio. Pero en fin, esa es otra historia.
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