"Los suizos aprueban en referéndum incorporar la bicicleta a su Constitución", leo en un digital. No sé muy bien qué querrá decir eso, pero supongo que será dar facilidades para que la gente pueda trasladarse en semejante vehículo sin poner en peligro su vida y la de los demás. Poner las ciudades tal y como ya están en Holanda y Dinamarca, para que nos entendamos. O sea, con carriles para las bicicletas que en vez de quitar el espacio a los peatones se lo quitan a los vehículos a motor. ¡Elemental, Watson!
El caso es que, el otro día, mientras desayunaba en el Bariloche, leí en el Diario Palentino que el ayuntamiento de aquí tiene un ambicioso plan al respecto. De momento, la mayoría de los carriles que hay están desconectados unos de otros y casi siempre son a costa de estrechar las aceras, lo cual da a los peatones motivos más que justificados para no respetarlos. El espacio de los coches, en definitiva, es sagrado. Bueno, comenté la noticia con unos parroquianos del lugar, bien es verdad que viejos, y pude comprobar que no les hacía la menor gracia el asunto. Lo entiendo perfectamente porque son de los que accedieron al coche siendo ya mayores y por eso están como quien dice en plena luna de miel con él. No le ven problemático en absoluto. Al revés, parecía gustarles que las mesas de la terraza en la que hablábamos estuviesen protegidas de la intemperie por una muralla de coches.
Sea como sea, esta mañana he salido temprano a pedalear. La temperatura era ideal y el viento, del sur, imperceptible. Al pasar por la Balastera he visto que había amontonamiento de ciclistas seguramente esperando alcanzar la masa crítica necesaria para poder ponerse en marcha. Ya saben, ser muchos de lo que sea, da confianza. Después, hasta Villalobón, me han pasado como cien. Allí he parado a desayunar y el tabernero me ha dicho que tiene un master sin plagios en pinchos de tortilla. La verdad es que los borda. He seguido camino hacia Fuentes de Valdepero. Ya en solitario, ya en grupos, no cesaban de pasarme porque, yo, es que siempre voy de paseo. En Valdepero he parado en un banco a descansar y de paso a intentar sacar algo en limpio de mi nueva armónica cromática. Me está costando más de lo que creía. En el entretanto seguían pasando ciclistas que me miraban con curiosidad. He continuado luego hasta Monzón para tomar allí la desviación a Husillos. Bueno, no les doy más la lata con uno de mis habituales periplos. Sólo añadir que mi impresión es que, no ya de hace diez años, que eran una rareza, sino del año pasado a éste se han multiplicado por lo menos por mil el número de ciclistas. De todas las edades y géneros... bueno, trans, no sé.
Y esa es la cuestión, que moda mediante, la práctica del ciclismo ha crecido exponencialmente. Ya saben, el prestigio del deporte. Con unas bicicletas que por lo general parecen de las caras. Y casi siempre con artilugios para medir el rendimiento muscular e incluso cardíaco, que también es muscular. Pero por la ciudad, para ir al trabajo o los recados, no parece que la cosa pite. Lo que si se ven son patinetes eléctricos que van a toda leche por las aceras. En fin, ya veremos en qué queda todo esto porque por más que esta ciudad sea pequeña y plana al personal todavía perece tirarle mucho lo del status ligado al precio del coche que conducen. Son cuestiones psicológicas que no por chusmáticas dejan de tirar más que pelo de coño, que tira lo suyo.
Para terminar les diré que, también en referéndum, los suizos han rechazado con el pragmatismo que les caracteriza, toda esa mandanga de la agricultura sostenible y ecológica. Cosa de socialistas, han pensado. Es decir, subvenciones y burocracia. Así que, a mí no me la dan. En fin, entre unas cosas y otras, quién fuera suizo.
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