Miro en el buzón y me encuentro un catálogo de Ikea. Es un libro de más de cien páginas de papel satinado que irá directamente a la basura. Porque no necesito nada de lo que me ofrecen en ese catálogo. De hecho, lo que necesito, en cualquier caso, es deshacerme de unas cuantas cosas de las que tengo. Pero da igual, el mal ya está hecho, y eso que como soy una muy buena persona arrojaré el dichoso catálogo al contenedor de los papeles. Y no porque crea que el ayuntamiento va a mandar después esos papeles a reciclar, que por lo que he podido saber, no es la norma sino la excepción. Y, anyway, aunque lo reciclasen, que sería algo así como producir primero la herida a propósito para luego poder quedar como los ángeles curándola. O sea, como dijo Noséquién, entre idiotas anda el juego.
Mientras desayuno en Bariloche me entero de que los barrenderos han recogido de las calles en estos pasados días de fiestas un millón de kilos de desperdicios. Ya me había parecido a mí que había demasiada mierda everywere, sobre todo de esa que te deja pegada la suela al suelo, ¡que bella aliteración! Se necesitarán muchos días de lluvia para eliminar esa pasta enganchifoxa que diría un catalán al margen de su ideología.
También me entero mientras desayuno en Bariloche que un perro ha entrado en un centro de salud de un pueblo de Madrid y ha mordido a unas cuantas personas. A una de ellas, por lo visto, de forma desconsiderada. ¡Oye, nada que objetar! También se mata la gente en los coches y por eso no se van a prohibir los coches. Por cierto que, también en Bariloche, me he enterado de que el Ayuntamiento anda haciendo la vida imposible a los usuarios de coches. Ni siquiera con motivo de las recientes corridas de toros han hecho la vista gorda: todo el que estaba indebidamente aparcado, o sea, la mayoría, ha tenido que añadir doscientos euros de multa al ya abultado precio de las entradas. Pero, claro, que son los toros si no puedes ir en coche a verlos. Aunque vivas al lado de la plaza. Es ya una cuestión de redondear la tradición... more honored to observed it than to breaches, por llevar la contraria a Hamlet que, al fin y al cabo, era un pringao y seguro que iba a los toros andando.
En fin, no es que sea yo muy de bares, pero me he dado cuenta de que o voy a desayunar, o lo que sea, al Bariloche, o me quedo fuera de este mundo. Porque fuera de los bares puede que haya vida, pero qué vida es esa en la nadie te hace sentir caballero. ¡Dos sesenta, caballero! Y te vas feliz con el doble regusto del café y la autoestima apuntalada. Por no hablar del pincho de tortilla que mira que estaba bueno. Ya digo, España no hay más que una.
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