viernes, 7 de septiembre de 2018

Aunque sea de cabo

Toda esta realidad ilusoria en la que vivimos parece que está dando unos signos de fatiga alarmantes. Esa patraña de la autodeterminación subjetiva -cada uno es y piensa como le da la gana- que ha tenido adormecidas a la masas durante décadas, incluso siglos en algunos sitios, se nos está viniendo abajo. Los ejemplos de regusto autoritario se extienden por doquier; el populus parece estar pidiendo a gritos que le purguen. Uno detrás de otro, en todos los países las opciones totalitarias suben como la espuma. El haber caído en la cuenta de que la milonga democrática también tiene limitaciones por todos los costados ha sentado francamente mal. Y luego, claro, está lo de que eres lo que eres por comparación con los otros: durante todo el siglo pasado no necesitábamos más para alimentar nuestro narcisismo que mirar a Rusia, pero, ¡ay, hijo!, ahora el espejo son los chinos y ahí lo tenemos más chungo. ¡Cómo han podido llegar a donde ha llegado esa gente sin necesidad de democracia! 

El caso es que aquí en donde vivo es muy fácil enrollarse con el personal. Andan en grupos o solos por los soportales, los jardincillos o en el bar y, a la que te ven, se acercan con la diatriba a flor de boca: parecen estar todos hasta la coronilla de la realidad presente y nostálgicos perdidos de cuando lo de Franco. Son viejos que vivieron su epopeya personal en los sesenta del siglo pasado. Para empezar, fue cuando conocieron lo que es cagar en un retrete con su cisterna y todo. Y, luego, el que no cambio las mulas por el tractor comenzó a conducir su propio camión por toda la península o a trabajar en lejanas tierras a condición de poder regresar cada año por vacaciones en su propio coche. Y todo con una claridad de reglas y una estabilidad a prueba de demagogos. El paraíso en definitiva. 

Ni que decir tiene que todo son percepciones falsas. La realidad fehaciente es que desde aquellos años sesenta a estos que estamos viviendo sólo han cambiado las cuestiones estéticas. En los años sesenta España ya estaba gobernada por tecnócratas competentes lo mismo que lo está ahora Europa, de la cual, conviene recordarlo, formamos parte. Y por eso las cosas aquí, en Europa, van como en China, o sea, viento en popa. Pero,¡ay!, las cuestiones estéticas se han deteriorado mucho. Toda esta lucha democrática por el poder provinciano, que es puro choriceo, deja a la dictadura franquista o a la tiranía china a la altura de las más exquisitas formas de organización  social. Cuando lo de Franco, o ahora en China, la gente sabía y sabe a qué atenerse: ocuparse de lo propio y dejar a los que saben que se ocupen de lo público. ¡Oye, mientras a mí me vaya bien, buenas ganas de meterse en líos!  Y el año que viene cambio el 600 por un 1500, porque a buen seguro que podré. 

Así que, al loro, porque lo que se percibe es que todo este choriceo provinciano nos está envileciendo la vida. En definitiva, estéticamente es insoportable. Por favor, aunque sea de cabo, que vuelva el innombrable. 

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