lunes, 17 de septiembre de 2018

Cuántica

Rosalía es una paya de un pueblo de Barcelona que quiere parecer gitana. Una curiosidad, en definitiva, que se ha convertido en un fenómeno. Maneja los melismas con indudable maestría aunque, diría, a veces abusa del timbre y raya en lo chillón. Nada grave que no quede rotundamente enmascarado tras una estética de aparente nuevo cuño. Como  de gauche divine catalina. En España eso siempre chifló y hasta los más ilustrados tardaron en captar el componente de cursilería pijoprogre que impregnaba toda esa industria. 

Sea como sea Rosalía ha desatado la locura y, también, la virulencia. Los puristas, que quizá debiéramos llamar puretas, de lo auténtico no se lo perdonan. Algo más viejo que los pedos. Porque además ha usurpado una identidad sagrada donde las haya, la gitana que, como dicen, lleva sangre de reyes en la alma de la mano. O sea, que ya estamos otra vez con la superioridad genética como escusa para vivir del cuento que, no lo olvidemos, es vivir de puta pena y a los hechos me remito. 

A mí me encanta el flamenco y ahora que ya estoy medio, o entero, zombi, una de las cosas que más me calma la ansiedad en mis solitarias veladas es agarrar la guitarra y empezar a puntear escalas en modo frigio. Para arriba y para abajo, rememoro todas aquellas melodías de mi infancia. En España todos nos criamos en ese modo que por eso más que por frigio se conoce en el mundo como el modo español. Y así es que luego, de mayor, te salen las melodías en él como por ensalmo. Porque no hay español que se ponga a hacer melismas en ese modo y no los borde. 

En fin, el caso es que los gitanos, los pobres, y los catalinos, más pobres todavía, andan todavía con esa  cosa de la identidad que es pura indeterminación cuántica por mucho que los unos la quieran ligar en exclusiva al modo frigio y los otros a de las pedras fan pans. Y Rosalía, pues ni lo uno ni lo otro sino todo lo contrario. Cuántica al fin. 

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