Como todos ustedes saben soy aficionado a ir en bicicleta por las carreteras. Hace años parecía un bicho raro por ello y hoy día lo sigo pareciendo porque soy el único entre los miles de novicios que se han apuntado al invento que no se disfraza de Bahamontes para la ocasión. Sea como sea, yo con mi Ortler Meran voy de paseo hasta cualquier adecuación recreativa a escasos kilómetros de la ciudad en donde paro a descansar y tocar unos aires con la armónica si se tercia. Y en el entretanto he visto como me pasaban multitud de vueltas ciclistas a Francia o a donde sea. Es la moda: juntarse diez o veinte o cincuenta para salir a la carretera a pedalear con todo el atrezzo necesario para remedar las escenas televisivas de una sobremesa de julio -ya saben, el Tour-. En fin, les tengo que confesar que ésta que digo afición, cada vez es más obligación que me impongo con gran dispendio de voluntad por aquello de hacer algún ejercicio de mantenimiento. En realidad siempre practiqué el ciclismo como tal ejercicio porque con solo pensar en la palabra deporte se me abren las carnes: no puedo concebir actividad más chusmática que la de exhibir fortaleza física, como para ganar en la berrea. También es verdad que la naturaleza me condicionó para pensar de tal modo al dotarme de un cuerpo bastante enquencle.
Pensaba en estas cosas porque he leído una noticia relacionada con el pedaleo que no deja lugar a dudas sobre la naturaleza del mal. Resulta que una pareja de canadienses, o por ahí, deciden que es una tontería gastar la vida en una oficina durante la semana y barbacoa con la peña para los domingos. Así que deciden liarse la manta a la cabeza y salir a recorrer el mundo en bicicleta. Conocí en Santander hace tiempo a una pareja similar que llevaba ya tres años en semejante empeño y parecían felices. Dejé constancia en este blog de ellos. Pero el caso es que esta pareja de marras iba tan tranquila con otra pareja que habían conocido por los caminos por una carretera idílica de una de esas exrepúblicas soviéticas que hay por el centro de Asia. Un día soleado con una brisilla y tal, todo perfecto. Les pasa un coche de ciento en viento. De pronto ven sin la menor aprehensión que uno de esos coches que les acaba de pasar da la vuelta un par de cientos de metros más allá y sin que les dé tiempo a reaccionar ven como se precipita sobre ellos a una velocidad endiablada. Tres mueren en el acto y el otro queda para el arrastre. Y no por nada sino por ser infieles en tierra de fieles. La justicia divina es implacable. ¡Ay, quién les mandaría meterse a originales!
Y los soldados de Dios, o Alá, o cualquier otro pendejo por el estilo, con el pasaporte al paraíso ya en bolsillo para cuando llegue la ocasión de utilizarlo. Así es la vida, para que unos se salven otros se tienen que condenar. O, si quieren, no puede haber bien sin el correspondiente contrapeso del mal. En definitiva, que hay que andarse con cuidado y no olvidar nunca que los días de mucho son vísperas de nada. Antiguamente se decía llevar la cabeza sobre el hombro para significar que hay que abarcar con la mirada el mayor campo posible para no dar oportunidades de sorpresa al mal. Porque está en todas partes ya que es el único consuelo efectivo frente al inagotable sufrimiento del mundo. ¡Y qué le vamos a hacer!
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