Distraigo las tediosas tardes de este verano que ya me va durando demasiado con la visión de la serie Cosmos de Carl Sagan. Cuando la vi por primera vez, allá por lejanos 80 del siglo pasado, me fascinó. Ahora, igual. Y supongo que sería lo mismo mil veces que la viese. Por definirla de algún modo, diría que es divulgación de calidad. De extraordinaria calidad.
La divulgación del saber es una cosa muy seria. Lo sé porque he tenido una profesión de las que exigen conocimientos algo más que medianamente elaborados y que, sin embargo, se prestan a simplificaciones tergiversadoras que hacen muy fácil y atractiva su divulgación. Digamos que es ese falso saber que ensoberbece a la chusma y la vuelve intratable.
Al respecto Cosmos es sumamente cuidadosa. Avanza con lentitud por el camino del conocimiento hasta llegar a la encrucijada en la que el mágico y el científico se separan. Una encrucijada, advierte, que una mayoría de la población es incapaz de superar. Prueba irrefutable de ello es que no hay periódico en el mundo que no siga, dale que te pego, con el rollo patatero de los horóscopos.
Pero para avanzar basta que una exigua minoría se lo proponga. De Tholomeo a Copérnico, mil quinientos años con la Iglesia echando el freno para que el sol no desplazase a la tierra del centro del Universo. Roto ya el maleficio, cien años fueron suficientes para que entre Tycho Brahe y Kepler pusieran las estrellas en su sitio de una forma bastante definitiva. Otros cien años y Newton explicó el porqué de que así fuese. Ya ven, fue suficiente media docena de tíos, que no tías, ¡y qué le vamos a hacer!, tirando los más a autistas, para poner a la humanidad en disposición de entender el dónde estamos. ¡Casi na!
Cosmos por la tarde, Big-Bang Theory por las noches, dos series que van de lo mismo: la pasión por el saber. ¿Es que acaso se puede aspirar a más? Pues parece que sí: tener un perro, hacerse un tatuaje, celebrar un cumpleaños, turistear ad libitum, pedorrear con una moto, recocerse en una playa, atiborrarse de pintxos y un sinfín más de posibilidades para hacer que la vida semeje un despeñadero hacia la nada.
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