Pocas novelas habré disfrutado tanto en mi adolescencia como "El motín de la Bounty". La verdad es que fastidiaba un poco su final porque hubiese gustado más que aquel fanático capitán no hubiese conseguido encontrar y traer de vuelta a casa a los sublevados para ser colgados en la horca. Después he visto unas cuantas versiones cinematográficas de la novela y creo que la que más me gustó es la más antigua que protagonizaban Clark Gable y Charles Laughton. Hay otra con la pareja Marlon Brando, Trevor Howar, a mayor gloria de los actores. Y otra con Mel Gibson y Anthony Hopkins que tampoco está mal. Y supongo que el tema va a dar para muchas versiones en el futuro porque las cuestiones morales que plantea son un verdadero conundrum -a confusing and difficult problem or question-.
Pues bien, corriendo el tiempo me enteré de unas cuantas cosas interesantes sobre esta novela. La primera y principal es que está basada en un hecho histórico. La segunda y no menos importante es que ese hecho histórico está manipulado para adaptarle al gusto de la época. O sea un compendio insuperable de la historia del periodismo: mentir para satisfacer los bajos instintos de la plebe. Una técnica comercial como otra cualquiera.
El caso es que corrían los años finales del siglo XVIII y en Francia ya estaba todo patas arriba. Todo se había acelerado a causa unos cuantos años sucesivos de malas cosechas. El pueblo estaba que mordía y los señoritos muy crecidos a causa de dos lecturas a las que no tenían derecho. Faltaba menos de un año para la proclamación de los Estados Generales: Libertad, Igualdad y Fraternidad. La declaración de los Derechos Humanos y todo eso, una versión cutre de las tablas que Moisés bajó del monte o, sin ir más lejos, de lo que habían escrito los de la Escuela de Salamanca trescientos años antes. Pero, en fin, sea como sea el caso es que aquel desasosiego francés estaba muy extendido por el mundo y por eso fue, que no otra causa, que la tripulación de la Bounty se animase a la sublevación contra su capitán.
Lo que pasa es que la novela y las consiguientes películas, como para exonerar a la tripulación de toda culpa carga las tintas sobre la psicopatía paranoica del capitán. Por eso al segundo de a bordo, un noble metido a marinero, no le queda más remedio, en llegando al cenit de la arbitrariedad el capitán, que ejercer de redentor. Destituye al capitán y lo envía para casa en una chalupa con la esperanza de que se ahogue por el camino. Él se va con la tripulación a darse al dolche farniente de Taití. Al respecto, el redentor representado por Marlon Brando, una vez consumada la rebelión es preguntado por un subalterno que cómo se sentía. "Con unas enormes ganas de morirme que espero que se me pasen pronto", responde. Sin duda sabía que todo redentor, por definición, acaba crucificado. Y, si no, es que no ha merecido la pena.
Al parecer, la realidad histórica es bastante diferente. La dureza del capitán no era mayor que la de cualquier otro de su época. Y por su parte el redentor, señorito al fin y al cabo, encontró simpático ponerse de parte de la tripulación que pensaba haber encontrado el paraíso en Taití y no quería volver a la dureza de la navegación. Cosas de la época, ya digo, en la que se había perdido bastante el respeto a la autoridad. Pero a quién le iba a interesar una historia así en la que los buenos eran los de arriba y los malos los de abajo. Con lo fácil que es darle la vuelta a la realidad para que cuadre el círculo.
Anyway, qué novela más fantástica. A la altura de "La isla del Tesoro" o, si me apuran, de "Robinsón Crusoe". Pienso que, qué pena de adolescencia la que no se ha sumergido por unas cuantas bastantes horas en esas aventuras trepidantes. Bueno, esto es otro asunto.
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