Apenas había luz esta mañana cuando inicie la retirada hacia los cuarteles de invierno. La bruma era tan espesa que casi era morrina. Era necesario el limpiaparabrisas intermitente para ver algo. Por el valle de Iguña, como suele pasar, la niebla era tan espesa que pensé que lo mejor era encender todas las luces, incluidas las intermitentes, arrimarse bien a la derecha y bajar la velocidad a cuarenta por hora como mucho. Los coches me pasaban tan rápidos que pensé que quizá sus conductores eran hombres con rayos x en los ojos. Pero, ¡quiá!, bendita prudencia la mía. Justo al salir del último túnel antes de Reinosa vi gran juego de luces y a un guardia civil corriendo como un loco a la vez que hacía señales de stop con un artilugio. Estuvimos un buen rato parados allí. Luego, al poco de empezar a movernos como orugas, pude ver de qué iba el asunto: la típica colisión en cadena de los días de niebla. Veinte o treinta coches y camiones estaban allí amontonados, muchos para el desguace directamente. ¡Dios mío, pero qué tonto es el personal! ¿Acaso es que no veían la niebla? En fin, c´est la vie. Hasta el mismo Pozazal la cosa siguió chunga, pero no se necesitaron ni cien metros desde allí para empezar a sentir la caricia de los rayos del sol. Porque es que iba con la calefacción puesta. Por Aguilar ya era una fiesta que precisaba del aire acondicionado. No eran todavía las diez cuando he aparcado el coche en el garaje.
Ha sido un verano curioso éste. Primero la peregrinación a Santiago con María, que me dejó para el arrastre, pero que ahora, visto ya con cierta perspectiva, me doy cuenta de que era algo necesario para que no sé qué cosas volviesen por donde solían. Son esos intangibles de la vida que uno intuye pero no acierta a identificar ni falta que hace: simplemente uno nota como un surplus de afianzamiento y ya está. Después, apenas regresado y con los pies todavía hechos una laceria, fui al aeropuerto a buscar al decano de mis nietos, Senan, para ir a dar un garbeo en bicicleta por las llanuras mesetarias. Estuvimos siete días e hicimos unos 350 kilómetros. Bueno, se pueden imaginar al Abuelo Cebolleta con el Nieto My Secret Life. No sé quién de los dos habrá sacado más en limpio del evento. En cualquier caso estoy seguro de que el esfuerzo no ha sido en vano: el ha visto de cerca al viejo que un día será si dios quiere y yo al adolescente que ya se me había olvidado que fui.
Y bueno, hace ocho días que le dejé en Santander, no sé si en los brazos amorosos de su madre o enredado en el ponzoñosa pantalla de su móvil. Eso ya no me concierne. Y me fui a La Biricia, a casa de María. Han sido ocho días de intensa vida social si se tienen en cuenta mis standares al respecto. He visto y charlado por los codos con los amigos más queridos. He vaciado lo que tenía sobrecargado y he recargado lo que tenía vacío. Me lo he pasado pipa. Así que, ahora, tengo para rato. En fin, ya sólo me queda bajar un día a ver a mis hermanos que son la tercera pata que me apuntala. Y, después, las solitarias y queridas noches del invierno oscuro.
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