viernes, 3 de agosto de 2018

Estampas biricianas 1

Paso mis vacaciones veraniegas en La Biricia y como ya no estoy para playas he decidido dedicarme a la entretenida ciencia de la antropología. En realidad sólo tengo que mirar por la ventana y, para los flecos, me basta con las incursiones en el Mercadona del barrio. Así es que entre El Marcial, un bar con casta torera justo enfrente, para los payos y, veinte metros al oeste en la misma acera, la Iglesia Evangélica LA PAZ para los gitanos, tengo tela para cortar desde antes de que salga el sol hasta mucho después de que se haya puesto. Pero es que, además, para redondear, entre el bar y la iglesia hay un Holywood, una especie de bazar especializado a lo que se ve en bolsas de chucherías.

Así, más o menos, el panorama es el siguiente: un grupito de payos tatuados y con perro a la puerta del Marcial fumando y bebiendo, una ristra de gitanos apoyados en la pared desde el Holywood hasta la puerta de LA PAZ en la que un tipo gordo da abrazos a los que se acercan, no menos gordos por cierto, otra ristra, es vez de coches indebidamente aparcados desde los que se informa de cosas importantes a los que están recostados en la pared y, luego, que nunca falta la familia numerosa, de cuatro generaciones al menos, que salen del Holywood cargados de bolsas para venir a degustar su contenido en el jardincillo que rodea nuestra casa que es el mismo en el que cagan todos los perros del barrio. Las bolsas, una vez vacías, ya se pueden imaginar a donde van a parar: normalmente el viento acaba por meterlas en nuestro garage.

En definitiva: payos y gitanos, juntos pero no revueltos. Esa es la esencia y también la gracia de La Biricia en la que, todo hay que decirlo, ya no se necesita pasaporte para entrar como pasaba en los años de mi infancia. Seguirá.

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