Siguiendo la acera hacia el oeste, diez metros más allá de la iglesia evangélica, hay un bar de nombre El Establo. No se ve que tenga ni mucho ni poco movimiento, pero ahí está por los siglos de los siglos, como ostentando orgulloso la condición animal de sus clientes. La verdad es que por comparación con El Marcial, treinta metros a poniente, El Establo tiene pinta como de logia masónica. Misterioso en cualquier caso. Pero, ¡ay, el Marcial! Sabor de barrio, tesoro antiguo. Sin él la Biricia perdería identidad a raudales. Como la Acrópolis sin el Partenón o algo así. A nadie del barrio con dos dedos de frente se le ocurría pasar por delante sin entrar a tomar algo o simplemente pararse a comentar lo que fuere con la clientela que fuma a la puerta.
Pero volvamos al jardincillo que rodea nuestro bloque de pisos. Aquí Adam Smith hubiese tenido algo que decir a propósito de la división social del trabajo. Porque es que está perfectamente delimitado por etnias: los payos se encargan de las cagadas de perro y los gitanos de las cáscaras de pipa y bolsas de plástico. Y todo de la forma más natural posible, sin interferirse en los horarios por si las moscas que, por lo que tengo visto, los gitanos no son muy de perros... a no ser los jóvenes que sí parece que se están aficionando a los de razas peligrosas, por supuesto sin bozal. En fin, lo que cuenta de todo esto es que cuando sales del portal y te topas con una tribu entera sentada en el petril que bordea el césped venga a devorar chuches, te saludan, sobre todo los mayores, con una cordialidad conmovedora. Y eso no se paga con nada por mucho que te lo dejen todo hecho un asco.
Seguirá.
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