No es que pueda decir que escuchando a tipos sobresalientes como Escohotado aprenda ni mucho ni poco, simplemente experimento el placer de la coincidencia respecto a mis sospechas sobre la condición humana. Y no es poco, desde luego, porque alivia la sensación de soledad que uno viene arrastrando a lo largo de la vida por haber osado pensar de cierto modo digamos que poco ortodoxo.
Un pensar que, como le pasa a Escohotado, no me cuesta reconocer en gran parte nacido de la expiación de los pecados adolescentes. Pecados sobre los que se sustenta esa discapacidad mental que se ha dado en llamar ideología de izquierdas. Tres patas del mismo banco: la primera y más poderosa es el dolor irreprimible por el bienestar ajeno; la segunda, la simplificación nacida de la incapacidad para la comprensión de la complejidad de la realidad; la tercera, mas difusa, las pulsión suicida que es el acogerse a soluciones mágicas para difuminar el propio sentimiento de impotencia.
Expiar: el dolor de reconocerse en las propias miserias, primero, para pasar después al más doloroso intentar liberarse de ellas. Sin olvidar, claro está, añadir la humillante tarea de la reparación de los males causados. Un largo camino que como dice Pessoa te llevará toda la vida recorrer. Porque esa es la cuestión, que el punto de partida es un cóctel a base de envidia, ignorancia y cobardía. Algo que se vende en todas las esquinas y que tiene la virtud de mantenerte en ese tipo de embriaguez que se suele conocer como comunión de los santos. O los buenos, es decir, los que están a favor de que nadie destaque por sus méritos. Salvo los futbolistas, quizá.
Si, el asunto es complicado, pero hay remedio en la botica. Aunque es amargo de tragar y pesado de digerir. Que no por otra causa es que siga habiendo tanto discapacitado mental. Tanto comulgante. ¡Y qué le vamos a hacer si en las iglesias se predica que se puede expiar bebiendo!
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