jueves, 18 de octubre de 2018

La tarea cumplida

Leo una noticia en ABC que me paree que tiene su miga por aquello de que si no quieres caldo, toma taza y media. Cuenta que en una visita que el embajador de la España de la Transición  hizo a Ronald Reagan para lo de la preceptiva foto, lo cual solía durar dos o tres minutos y a otra cosa mariposa, en esta ocasión duró unos quince ya que el Presidente americano se mostró muy interesado en saber más acerca del General Moscardó y su defensa del Alcázar de Toledo. Por lo visto lo consideraba una gesta histórica de primera magnitud, cosa que, de haberse sabido, ni te digo las resonancias que podría haber tenido en aquella España que para reconciliarse puso como primera condición dar la vuelta al calcetín de la Historia cambiando las ridiculeces franquistas por las acaso mayores ridiculeces republicanas. 

Tengo un recuerdo muy vago de haber visto al General Moscardó en la capilla del Gran Hotel del Balneario. Como mi padre trabaja allí, yo merodeaba por el lugar como si fuese una mascota esperando a que terminase y me llevase a casa en coche. De vez en cuando entraba en la administración y me ponía en un rincón a escuchar. Era normal que estuviesen allí de tertulia un par de ministros, un obispo y algún general laureado. El Balneario, por las razones que fuese, se había convertido en una especie de Lourdes contra los estragos del tabaco y por tal era que, dado lo que se fumaba entonces y la proclividad que había a creer en los milagros, no faltase clientela de entre lo más granado del Régimen. En cualquier caso, aquella gente importante, si no me traiciona la memoria, hablaba fundamentalmente del tiempo. Y para las dudas al respecto, allí tenían a Poli, un vasco de Eibar que no se quitaba la chapela ni para dormir, que venía todos los veranos desde mucho antes de la guerra a vender bisutería toledana en el porche. Nadie entraba o salía al recinto sin recabar su opinión y allí estaba yo ejerciendo de notario para que nada de toda aquella sabiduría eibarresa se perdiese... como si hubiese sido Platón escuchando a Sócrates. 

De aquel recuerdo vago que les decía, lo más nítido es quizá los aspavientos que mientras atendía la misa hacía el buen señor. Supongo que serían tics que no podía controlar y, claro, eso a los niños les llama mucho la atención. Y por eso sería que al comentarlo yo con alguien me enterase de que aquél señor hacía aquellas cosas raras seguramente por todo lo que había tenido que sufrir para defender el Alcázar, porque, entre otras cosas, por no querer rendirse los enemigos le habían matado a un hijo. Era la misma historia que se contaba de Guzmán el Bueno, ejemplo máximo de patriotismo donde les hubiese. 

Y mira tú por donde, ahora nos enteramos de que RonaldReagan, el Presidente más querido de los  norteamericanos según todas las encuestas -y más vilipendiado por El País según todas las hemerotecas-, tenía en muy alta estima la gesta protagonizada por Moscardó. Me imagino que sería por sus concomitancias con toda aquella épica holliwoodiense de los fuertes asediados del Far West. Desde el Alamo a Fort Apache, anda que no hemos pasado tardes recreándonos con la tarea cumplida del héroe.     

2 comentarios:

  1. querido Pedro,a mí lo de Moscardó me parece una historia muy asquerosilla y tremebunda.Eso de chantajear y luego darle al pobre chico mulé por ser el hijo de su padre es una Cosa muy cutre de moros y republicanos,de Comapnys,Carrillos y Pasionarias.

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