Una política, teniente de alcalde o así, sale por la noche a pasear con su perro por la playa. En Valencia. Y cosa de perros, y de dueños de perros, acaba en el hospital con graves lesiones por todo el cuerpo. Tampoco hay que exagerar, es un accidente. Como también lo es que un psicópata se cargue a la que él consideraba su media naranja. De hecho, de este tipo de accidentes, de los de la media naranja, sabemos hasta la saciedad, vía medios, que en lo que va de año ha habido unos cincuenta en toda España. ¿Sabemos acaso algo de tipo estadístico acerca de los desaguisados que hacen los perros? Cuando mi amiga María fue al hospital con ocho mordeduras en una pierna, la enfermera de urgencias le dijo que ese tipo de lesiones era el pan nuestro de cada día. De hecho, servidor se abstiene muy mucho de ir a pasear por los maravillosos parques que tiene esta ciudad. Están llenos de perrazos sueltos y sus correspondientes cagadas. Pero mucho peor, todavía, sus dueños, que no es raro que te amenacen de muerte si haces algún gesto que se pudiera interpretar como menosprecio de sus adoradas posesiones. La cosa, desde luego, va de psicópatas y, por tal, no me estoy refiriendo a los que tenemos aprehensión, ni mucho menos, sino a los que se ve a todas luces que disfrutan imponiendo su ley en el territorio. Eso sí, con mucho sentimiento.
Bueno, pues yo, como se suele decir hipócritamente, no me alegro nunca de la desgracia ajena, pero en este caso de la teniente de alcalde de la muy noble y leal Valencia pienso que no hay mal que por bien no venga y, quizá, pudiera servir como toque de atención a los políticos respecto a su accountability en lo que a seguridad e higiene pública hace.
Accountability, sí, esa es la palabra clave. Porque se escriben al cabo del día miles de artículos, ensayos y demás, asegurando que la democracia se está yendo al garete. Y, desde luego, hay múltiples evidencias que sustentan esas tesis. Desórdenes públicos everywere, everytime. Pues bien, ¿saben a qué es debido al cien por cien semejante desbarajuste? Se lo diré: a que los políticos han dado en creerse que su única responsabilidad es organizar eventos para tener a la gente entretenida y, por su parte, la gente está convencida de que su única obligación es exigirle a los políticos que no cejen ni un segundo en esforzarse por organizar eventos para que nadie se aburra. ¡Aquí hemos venido a disfrutar y el que diga lo contrario es un facha!
Y claro que sí, por supuesto que hay fachas. Los que piensan que no todo tiene por qué ser disfrute. Y se esfuerzan. Y luego, como sostienen los disfrutadores, la brecha entre los esforzados y los que no se esfuerzan crece exponencialmente. La cosa es muy cantosa entonces y los motivos para pasar de la queja a la protesta son más que justificados. Y ¡viva la Pepa! La política se va a la playa a pasear a su perro. A dar ejemplo.
Es evidente hasta para un ciego que vivimos una época de oportunidades como nunca se soñó que la pudiera haber. Pero también es cierto que no te apropias de esas oportunidades con el sólo gesto de estirar el brazo y cerrar el puño. No, exige algo más. La voluntad de poder. Como les contaba el otro día hay que estar preparado para posponer la gratificación. Y ahí sí que, amigo Sancho, con la Iglesia hemos topado. Sí ahora va a resultar que el personal se va a responsabilizar de su propia vida, ¿qué coño carajo hacemos aquí los políticos? ¿Organizar eventos para quedarse compuestos y sin novia? No, sería terrible.
En fin, perdonen el mitin, pero es que todo esto es de risa. ¡Como si alguna vez en el mundo fuera a dejar de haber ricos y pobres? O fachas y progresistas. O mejor aún, responsables e irresponsables.
Sí, desde luego, accountability. Esa es la palabra clave.
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