lunes, 31 de diciembre de 2018

Mi consuelo

Por supuesto que para mí, Esquilo, Sófocles, Eurípides, Platón, Shakespeare, Cervantes, por citar a unos cuantos, siguen estando en lo más alto. Dejaron por escrito su particular desentrañamiento del alma humana y, con ello,  ayudaron a quién se paró a escucharles a conocerse mejor a sí mismo, lo cual es algo que, desde luego, suena a gloria, pero que, a la hora de la verdad, es muy difícil, por no decir imposible, definir. Porque ¿qué demonios es eso de conocerse a sí mismo? Sí, hay que andarse con mucho cuidado a la hora de las metafísicas porque uno puede acabar pensando que es lo que no es y, de resultas de lo cual, meter mucho la pata. 

Sin embargo con la física uno no tiene esos problemas. Ahí sí que las cosas son lo que son. El cometa Halley vuelve puntual a su cita cada 75 años como el astrónomo Halley supo predecir con sus sofisticados cálculos. O sea, que la física, y sólo ella, nos permite tener certezas más allá de la única que no exige saber matemáticas, es decir, que nos vamos a morir. Sí, me doy cuenta ahora, tan mayor ya, de todo el tiempo que malgasté dando vueltas a la noria del conócete a ti mismo. Y también me doy cuenta de por qué lo hacía, o sea, porque el esfuerzo que exigía era mínimo y, sin embargo, los dividendos narcisistas eran apreciables. Ibas por ahí de culto y tenías la sensación de que dabas el pego a la perfección. El tuerto en el país de los ciegos, quizá. ¡Sancta simplicitas!

Así es que ahora, caído ya del caballo, me acojo a otro santoral que me parece más justo. Porque me exige esfuerzo que es, y lamento haber llegado tan tarde a semejante conclusión, lo único que me hace querer seguir viviendo. Seguir los pasos de Arquímedes, Eróstrato, Galileo, Newton, Euler, Einstein, etc., me obliga a echar humo por la cabeza e ir con la lengua afuera para, a la postre, quedar como quien dice a dos velas porque en donde no hay fundamentos nada se puede construir. Pero me da igual, porque ahora ya sé dónde está el nudo gordiano que merece la pena desatar. Y cada paso que doy en tal sentido, por pequeñito que sea, me produce la satisfacción de estar pisando una cumbre. Deducir las fórmulas de las cónicas o comprender la Identidad de Euler me da un subidón en la autoestima que es que no me puedo aguantar. 

¡Ay, si volviese a nacer! Leería a los clásicos, por supuesto, pero siempre intercalados entre los gigantes de la ciencia. Con los clásicos sueñas, con los gigantes de la ciencia pisas en el suelo. Lo uno sin lo otro no sirve. En fin, más vale haber caído tarde en la cuenta que no haberlo hecho nunca. Mi consuelo.   

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