sábado, 1 de diciembre de 2018

Un montón de amigos



Ahora, circunstancias de la vida, le toca ejercer el papel de supervillano al príncipe Salman de Arabia Saudí. Ayer aparecía en la une de ABC una foto en la que se le veía de espaldas chocando los cinco con un Putin sonriente al parecer con verdaderas ganas. Y debajo de la foto una leyenda, así, en plan escandalizadillos, fíjate, mientras los demás le dan la espalda, Putin, para joder supongo, le muestra todo el afecto de que es capaz, que seguro que es mucho. En realidad, lo que ha hecho Salman con ese periodista disidente es lo que hace Putin y no sé cuantos mandatarios más en todo el mundo mundial todos los días para asegurar su permanencia en el poder. Al parecer, el periodista de marras, un tal Kashogui, era miembro destacado de una asociación, los hermanos musulmanes, cuya primera y única misión es echar del poder a la dinastía de los Saud a la que pertenece el tal Salman. Un caso, como ven, de legítima defensa en una sociedad poco evolucionada. Nosotros, reyes del mambo, tenemos otros medios para solucionar esas cosas, no tan cruentos, pero no menos crueles y efectivos. 

En fin, los periódicos, esa basura que se acoge al procedimiento de las modas para subsistir. Ahora le toca a Salman. Pues venga, leña al mono. No es muy diferente a esas historias enternecedoras de perritos con las que nos castigan a diario. Bazofia todo para la chusma acrítica. Es lo que quieren, pues se lo damos, y que se perpetúe el status quo que, bromas aparte, tampoco es que esté tan mal. Hoy día, aquí y ahora, nada impide a cualquier desgraciado iletrado poder pasar la mañana paseando al perro y luego sentarse en una terraza a tomar un aperitivo. Un plan de vida como otro cualquiera a efectos de realización, cosa subjetiva donde las haya. El caso, ya saben, es empatizar y, para eso, nada como seguir a Vicente, el que da de comer a más gente. 

En resumidas cuentas, me parto con esto de Salman y Kashogui. Y con lo de los perritos, que, por cierto, ayer venía en no recuerdo donde una foto de la que es considerada como la más sanguinaria, que ya es decir, de entre todos los guardianes de los campos de concentración nazis y, ¿saben como aparecía?, pues elemental, Watson, abrazada a un cachorrito monísimo. Era la moda de entonces, oye, matar a niños judíos a patadas por las mañanas y acariciar al perrito por las tardes. Seguro que así hacía un montón de amigos. 

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