martes, 4 de diciembre de 2018

Antirrazón

Suelo volver a casa por una calle adyacente al Salón, uno de cuyos laterales está ocupado íntegramente por el paredón trasero del instituto de enseñanza media Jorge Manrique, el primero de la ciudad construido a principios del siglo pasado con muchos elementos de art decó. Pues bien, en ese paredón alguien se ha entretenido en pintar siluetas de perro en cuyo interior se puede leer la leyenda: "cuidado con el perro" y, debajo, en letra más pequeña, "tiene sentimientos". 

Los dichosos sentimientos. Un tema más viejo que los pedos. Creo que fue Pascal el que dijo esa macanada de que el corazón tiene razones que la razón no entiende. Y al populacho le encantó, claro está, y se quedó con la copla. Llamar razones a los sentimientos está mal para quien va de sabio. Y Pascal desde luego lo era. Pero no infalible. Los sentimientos, o las emociones, que con tanta ligereza se asocian al corazón, son la antirrazón. Y el origen de todos los males. En realidad, si bien lo miramos, el progreso de la humanidad, o la civilización si quieren, no es otra cosa que el triunfo de la razón sobre las emociones que no son otra cosa que el dejarse arrastrar por los sentimientos.

El caso es que la razón lo tiene difícil con el asunto de los sentimientos, y las emociones como consecuencia, porque todos los sacerdotes de todas las religiones que han sido desde que el mundo es mundo se han acogido siempre a la defensa a ultranza de los sentimientos, esa no por necesaria menos peligrosa fragilidad humana, para mejor asegurarse el control de las conciencias. Aquí mismo, miro por la ventana y ¿qué veo? Pues un sagrado corazón gigante en la cima de un otero. El segundo más grande, dicen, después del que hay en Río de Janeiro. Bueno, por lo visto también en esto de los sagrados corazones big is better. En definitiva, el discurso de todos los curas de todos los credos siempre ha sido así de simple: corazón igual a amor, compasión, magnanimidad; cabeza igual a frialdad, cálculo, poder y, sobre todo, que cada palo aguante su vela. Fácil de entender cuál es la víscera que lleva todas las de perder visto desde una perspectiva de púlpito. 

Les traigo a colación estas banalidades porque al decir de gente de probado fundamento estamos viviendo tiempos en los que las emociones se lo llevan de calle todo. Hay quien dice que influye en que así sea esa moda de la información a base de breaking news. Cada sí y cada no los medios interrumpen su programación para contarte que alguien se ha tirado desde un séptimo piso. O cosa por el estilo. Así, a la gente de poca sustancia, casi toda por cierto, acaba por darle la impresión de que el mundo es un disparate. Lo siguiente, ponerse a tono. O sea, hacer el gilipollas todo lo que se pueda, que es mucho. 

En fin, no voy a entrar en si los perros tienen o no tienen sentimientos porque me importa un bledo. Lo mismo que si dios existe o no existe. Eso son debates para una de dos, ignorantes o sinvergüenzas. De lo que sí estoy seguro al cien por cien es que no tienen capacidad de raciocinio. Nunca, por poner un ejemplo, se les podría alcanzar cuáles son las asquerosas consecuencias de su afición a marcar el territorio. Sobre todo cuando son miles los que le marcan en el área de una manzana. Y así hasta cien. En fin.    

No hay comentarios:

Publicar un comentario