sábado, 29 de diciembre de 2018

La liga de la justicia

No puedo dejar de recordar con aprensión toda aquella porquería mental que me sorbía el seso en los años mozos. Siempre pensando que la gran tarea consistía en cambiar el mundo para, así, una vez acabadas las injusticias poder empezar con lo tuyo. ¡Menuda milonga! Y el caso es que no hay otra que enganche más a la gente que ha venido regalada a este mundo. Y de ahí este desasosiego que nos señorea. De posponer lo que nos concierne en aras de apuntarse a Liga de la Justicia.

El gran mito, o engaño, de la justicia universal. Desde Amurabi para acá, pasando por Moisés, no ha servido para otra cosa que para torpedear la propia responsabilidad. No hace falta que nadie te proteja ni te diga lo que tienes que hacer. Por el propio instinto de conservación ya eres maestro de esas cosas. Sólo necesitas coraje, el más escaso quizá de todos los impulsos vitales... que es lo que tiene el haber nacido regalado. 

Así, observando el mundo, tanto en lo real como en la ficción, me doy cuenta de que la mayoría de los seres humanos tienen en su vida un momento trágico que pocos consiguen superar. Se trata de cuando una vez superados los esfuerzos de la primera formación se consigue un encaje en la estructura que permite saborear las mieles de la independencia: uno se siente importante sin tener mayor conciencia de lo difícil que es saber gestionar ese status. Con los dinerillos que se ganan se sale mucho a alternar y a darse la razón con los amigos. Y se deja de lado, se ignora olímpicamente, la segunda formación, sin la cual, la primera, queda obsoleta en cuatro días. Y entonces es cuando empiezas a padecer los tormentos del estancamiento que quieres superar apelando a la justicia universal. Si se acabase la corrupción, te dices, yo me desatascaría. Eres incapaz de comprender que el gran corrupto eres tú por no haber seguido esforzándote. 

 En resumidas cuentas, que el mundo, el de aquí al menos, es cualquier cosa menos injusto, que no por otra cosa es que a los cobardes, o vagos, nos vaya como nos va... siempre pensando en cambiarlo para poder seguir viviendo del cuento. Y en eso se nos va la vida.   

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