Hay que tener en cuenta que cuando Schopenhauer escribió ese texto no se había caído todavía en la cuenta de la existencia de los bichitos y, por eso, los médicos no se lavaban las manos antes de atender un parto. Si acaso después. Por tal era que las fiebres que se decían puerperales fuesen moneda corriente y, después, que los bebés se lo agarraban todo, por falta de higiene y también de nutrición, y así era que morían como moscas, dado lo cual, entonces, por aquello de la perpetuación de la especie, el papel de la mujer en el mundo no tenía vuelta de hoja: parir y parir y parir hasta que la naturaleza mandaba parar por un procedimiento u otro. No había ahí intencionalidad por parte de nadie, como pretende convencernos cierta ideología muy en boga; era simplemente la biología cumpliendo los designios de la naturaleza.
Pero luego llegó Pasteur y puso de moda la palangana con agua y jabón para antes de iniciar cualquier acto médico. Y la cosa cambió radicalmente. Las mujeres dejaron de morir de parto y los niños de diarrea. La demografía por tanto empezó a dispararse exponencialmente. Ya saben e elevado a x. Consecuencia inmediata, se lo diré: degradación del papel de la mujer como garante de la perpetuación de la especie. Para eso ya no hacía falta tantas. Por así decirlo empezaba a haber más oferta que demanda. Había que reinventarse.
Las cosas en la naturaleza funcionan así. Y no te digo nada, ya, después del dominio de la contracepción. Que no es por casualidad que ahora, en estos tiempos en los que como en todos cada cual cuenta la feria según le va en ella, haya más mujeres que hombres, y con mejor aprovechamiento al parecer, en las aulas universitarias. Pero, ojo al parche, porque nada es definitivo en este mundo; volvieran los malos tiempos y con ellos una decadencia demográfica alarmante y la mujer, automáticamente, volvería por donde solía. Ya se encargaría la naturaleza de implementar los mecanismos necesarios para que todo pareciese obra de la voluntad. Ya saben, como si todo fuese consecuencia de las propias decisiones... esa ilusión que tanto nos ayuda a permanecer sur la brèche. Porque sería horrible admitir que, en realidad, a efectos del ecosistema, no somos muy diferentes de un pepino de mar.
En resumidas cuentas, nos adaptamos a las condiciones imperantes y eso, inevitablemente, nos aparta de nuestro instinto primigenio y nos procura frustración. Así que, sintiéndolo mucho tengo que decir que ya está bien de dar la tabarra con los victimismos a la moda. Las mujeres, por las funciones que la naturaleza les ha asignado siempre han ocupado el lugar más preeminente en el devenir de la humanidad. Lo que pasa es que debido a los avances de la ciencia esa preeminencia se ha devaluado un poco y eso les genera mala leche y la correspondiente búsqueda de culpables. Son cosas de la condición humana que sólo en la suerte de la soledad pueden los espíritus excelentes desvelar.

ya sabes Pedro,que por esto te pueden quemar en la hoguera,con capirote y todo..pero para lo que nos queda,nos cagamos dentro..un abrazo
ResponderEliminarpues este es el video en el que me he inspirado
ResponderEliminarhttps://youtu.be/Kg79SxtJCto