Mi padre era un neurótico de libro. Vivía obsesionado con sus enfermedades y sobre todo con las pastillas para curarse. Durante sus veinte o treinta últimos años no creo que bajase un solo día de treinta o cuarenta de ellas. Se levantaba por la mañana y agarraba una caja negra donde las tenía todas -la caja de Pandora la llamaba mi madre muy acertadamente- y hacía montoncitos para desayuno, comida, merienda y cena. Y así iba tirando. Pero, neurosis aparte, tenía algunas cosas buenas, o muy buenas, que nos trasmitió sin meter ruido: lo primero de todo no meterse nunca en lo que pasa en casa ajena. La libertad individual en definitiva que era sagrada para él puede que hasta el quijotismo. Recuerdo al respecto un caso ocurrido en el pueblo a propósito de una telefonista muy mona casada con un carpintero cojo. Como si se hubiese tratado de Hefestos y Venus. Pues bien, trascendió que aquella Venus tenía algunos amantes que la proveían de riquezas varias. La gente, aburrida supongo, se lo tomó muy mal y la cosa fue a mayores. Comenzaron a hacerle un escrache que fue tomando proporciones alarmantes. Alguien se lo comentó a mi padre que ni corto ni perezoso agarró el coche lo puso, apartando a la gente a bocinazos, pegado a la puerta de la centralita telefónica. Entró allí, agarró a la Venus y se la llevó a otro pueblo donde vivía su madre. Nadie se atrevió a chistarle por haberles dejado sin juguete. Era el médico. ¡Qué tiempos aquellos!
Corren malos tiempos, me parece a mí, para lo del asunto de la libertad individual. Quizá es que nunca fueron buenos. Sobre todo desde que Constantino elevó el cristianismo a religión oficial del Imperio. Un antes y un después que no cesa porque cuando empezaron a flojear los cristianos de inmediato vinieron los comunistas, sus herederos naturales, que a efectos de meterse en vidas ajenas vienen a ser más o menos lo mismo. Y es que todos los mierdas, o sea, casi todos, corren a apuntarse a lo que sea con tal de que sirva para hacer la vida imposible a los espíritus libres. Es el sueño de cualquier desgraciado, que no existan individuos. Sólo colectividades. O sea, ya saben, vascos, catalanes... escoria en definitiva.
Pienso en estas cosas porque leo cosas que pasan que me horrorizan. Las metoo, LGTB, etc, todos esos colectivos de gente que, por subnormales, parecen haber sido incapaces de leer El Quijote. ¡Por dios bendito y la madre del verbo divino, cómo puede un país que ha parido ese libro albergar a tanto imbécil? No hay solución, desde luego, hasta que restauremos, como quería nuestro héroe, aquella edad dorada en la que había que pasar por el trance de los misterios eleusinos antes de abrir la boca. Porque sin un mínimo conocimiento de ti mismo no puedes ser otra cosa que un peligro público número uno... que es lo que son todos esos políticos y demás gentuza que a diario se nos meten en la cama a controlar si hacemos guarradas fuera de norma.
En fin, Quijote forever y allá cuidados.
Querido Pedro,esto se parece cada vez más a la fuga de Logan..
ResponderEliminarGracias Nacho. Hoy voy a escribir sobre tu comentario.
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