miércoles, 19 de abril de 2017

Crossfitirititando de frío

Ayer, la dosis de cada día consistió en que la Sra. May decidió, mientras hacía crossfit, convocar elecciones. Por lo visto la buena señora se ha agenciado al experto más experto en dirigir esta forma de hacer ejercicio que tiene de particular que es la última moda y punto. El caso es, cuentan los cronistas, que, a la que tiene un rato libre, sale disparada a practicar, no sabemos si por el crossfit en sí o por el experto más experto, que también pudiera ser. Pero, bueno, a lo que vamos, que convocó elecciones y nosotros tuvimos nuestra dosis diaria de intoxicación informativa... tontos que somos. O aburridos que estamos. 

Pero como todo sirve para el convento, ayer, mientras iba ingiriendo la preceptiva dosis, mi cerebro no paraba de fabular asociaciones entre lo que veía y escuchaba y mi bagaje cultural que todavía responde, no sé por cuanto tiempo. Esos alrededores del Palacio de Westminster donde las principales cadenas de televisión tenían montados sus chiringuitos sobre un césped que se salía de verde a causa del glorious day primaveral. Los pertinentes encuadres, el porte de los entrevistados, el dominio de la lengua de todos, y otras cuantas cosas más, todo contribuía a dar la sensación de estar observando un mundo superior. 

Y esa es la cuestión, que algunos se lo creen. O nos lo creemos. Esa realidad magnificada que está en la esencia de cualquier representación exitosa. Un asunto de trucos. Ya los clásicos construían sus tragedias a golpe de reyes y dioses. Así, sin darse cuenta, la gente se tragaba su propia condición. Al poco de abandonar las gradas del teatro caían en la cuenta de que ellos también querían matar a su padre y casarse con su madre. Que en la cosa de los deseos nadie es más que nadie. 

Pues bien, nadie tan herederos de aquellos trucos del clasicismo como los ingleses. Ya Shakespeare calcó a Plutarco para sus más sonados dramas y comedias. Ni siquiera a Píramo y Tisbe respetó. Y siguen en la linea. No hay más que ver la parrilla de presentación de la BBC. O escuchar la melodía de los interludios de Skay News. Una grandeza desmesurada. A todas luces imperial. Y esa es la gran trampa, que un wishful thinking repetido al infinito cala en las mentalidades rancias como si fuese realidad. Y surgen entonces tipos como el borracho Farage dispuestos a lo que sea por mantener la ilusión. Incluso a arrojarse por el precipicio si hace falta. 

Eso es lo que me parece a mí, que Inglaterra es un gran país, pero ni de lejos lo que gusta aparentar. Ahí tienen por ejemplo a Alemania, un país que se sale y, sin embargo, sólo se muestra al mundo a través de DW, la austeridad y el rigor hechos televisión. Es ley de vida, el que mucho tiene procura disimilarlo y, el que mucho perdió, también, solo que haciendo el ridículo por lo general. Al respecto, en la entrevistas que hacían ayer por las calles de Londres, le tocó el turno a una señora entrada en años y con aspecto muy britishs: "¿Que dice usted que otra vez hay elecciones? No, no puede ser. Yo no quiero saber nada. Esto es la decadencia absoluta."    

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