Hace poco entré en tratos con un contratista para que me hiciese unas reformas en la casa que acabo de comprar. Pues bien, una vez hechas las presentaciones de rigor lo primero que me dijo fue: los pagos cómo los quiere hacer. O sea, la norma. El cliente elige si quiere o no pagar los impuestos debidos. Porque formas de eludirlos, por lo menos en una gran parte, las hay a montones. Y es complicado resistirse a la tentación después de haberse desayunado con la lectura de los periódicos. Cuando esa gente devuelva todo lo que ha robado, yo empezaré a pagar lo que es justo.
Hay que tener en cuenta que para un analfabeto funcional el grosor de las letras de la cabecera lo es todo. La primera página es el mundo para ellos y, si en ella sobresale que han pillado con las manos en la masa a un gerifalte, no hay más que hablar al respecto: el mundo está podrido, lo mío pecata minuta. Por decirlo alambicadamente sería el pensamiento sinedótico tomado a beneficio de inventario. El todo por la parte o la categoría por la anécdota. Desde luego, no lo duden, al tonto listillo nunca le faltarán coartadas para su inexorable avance hacia la nada.
El caso es que lo que yo no entiendo es por qué toda esa gente tan cristiana que dirige y escribe en los periódicos no echa más a menudo mano de sus santos evangelios y trae a colación algunas de sus máximas y parábolas que pueden venir como anillo al dedo a los asuntos de los que están tratando. La corrupción, por ejemplo, con la que nos estragan sin que ni por una sola vez se les haya ocurrido mencionar aquello tan ocurrente de que el que esté libre de culpa que tire la primera piedra. ¡Porque anda que no son corruptos los petits! Claro que en las pequeñas cosas... pero dales opción a las grandes y ya verás. ¡Me van a decir a mí!
Así y todo ya no somos lo que éramos. Hasta en esto de la corrupción hemos venido perdiendo fuelle de unos años a esta parte. Y así estamos, que pillan a un choricillo de tres al cuarto y todos los medios, ¡ale!, como si estuviesen denunciando al mismísimo Duque de Lerma. Tontos del culo que se pirrian por un ático en Marbella o una puta en Bangkok. Como dirían las gitanillas del Cristo, ¡ah!, pero es que eso se lleva. Y por lo que se lleva yo mato.
Bueno, puestos a razonar, no veo yo mal que trinquen a los que se les va mano. Pero ¡ojo con el puritanismo! Porque es la propia naturaleza la que nos indica que es de la corrupción de donde brota la vida que es de lo que va esto. Y al final, la peor corrupción, la que mata definitivamente, es el achacar todo el mérito a la pureza. Como un rayo de sol que pasa por un cristal sin romperle ni mancharle, como decían los curas.
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