miércoles, 12 de abril de 2017

Por mi mano

Putin se ha debido de poner algo en la cara que le hace tener un aire más siniestro todavía si cabe. Ayer le veía mientras levantaba todo tipo de sospechas sobre los grupos disidentes sirios acerca del ataque con armas químicas que ha costado tantas vidas, sobre todo de niños. Lo estaba diciendo y su rostro parecía el de una figura del museo de cera. Y no podemos tener la certeza, pero sí la más que fundada sospecha de que el ataque se ha hecho no sólo con su conocimiento sino con su más que probable asentimiento. Pero, vamos a ver, ¿en que nos fundamos cuando decimos "la más que fundada"? Pues muy sencillo, en más sospechas. Si no diríamos que tenemos pruebas fehacientes. Y no las tenemos por más que las sospechas sean al cuadrado. Y aquí es donde comienzan todos los quebraderos de cabeza de quienes creen que la justicia es una cosa demasiado seria como para tomarla por su mano, no sea que vayas a meter la pata. 

Porque, como decía mi madre, antes se coge a un mentiroso que a un cojo. Pero eso lo decía porque no había conocido a Putin y su cara de cera. ¿Está mintiendo a sabiendas? Nunca lo sabremos por más que lo sospechemos a la enésima potencia. Y ahora nos debemos preguntar si ese altísimo grado de sospecha es suficiente como para enviarle una lluvia de "tomahawks". Porque al fin y al cabo eso no deja de ser la justicia por mi mano, por muy Presidente que seas de la nación más poderosa del mundo. 

Hay aquí un dilema moral que tomado a la ligera no sabemos en qué clase de infiernos nos puede acabar metiendo. Y lo digo a sabiendas de la satisfacción que me procuran las películas de Chuck Norris, Charles Bronson o el "Harry el Sucio" de Clint Eastwood. Cuando el mal se va de rositas nada nos sube tanto el ánimo como ver a un llanero solitario poniendo las cosas en su sitio. Por eso es uno de los clasicos del cine que nunca se agota. Pero una cosa es el cine y otra la vida real. Porque en el caso concreto que estamos tratando el llanero solitario parece haber sacado unos jugosos dividendos con su su acción punitiva. ¿Y si luego resulta que se ha equivocado? Para él es igual, ya ha cobrado y reinvertido. Y el posible marrón subsecuente que lo paguen los demás. 

Entonces, según eso, ¿qué hacer? Bueno, parece que hay un principio fundador de la justicia que dice que es preferible que se vaya de rositas un malo que no castigar a un inocente. De ahí que los hechos en que se tiene que basar toda sentencia tienen que ser inequívocos. De lo contrario, hay que creer a Putin cuando dice que yo no he sido. 

En fin, una prueba más de lo dificil que es organizar todo esto. Y nuestra propia vida, por supuesto, que con harta frecuencia nos dejamos influir por las meras sospechas como si de verdades incontrovertibles fueran. E incluso hay algunos que llevan este vicio tan lejos que son capaces de creer en la existencia de Dios a pies juntillas. Y así que les va luego.  

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