domingo, 30 de abril de 2017

Amor cósmico

Por más que lo intento no lo logro. Quiero decir el adquirir un cierto interés por las cosas de los animales irracionales más allá de su condición de fuente de aminoácidos esenciales y de material indispensable para la experimentación biomédica. Tiendo a pensar, con un indudable punto de paranoia, que tiene que haber algún tipo de trastorno severo en mi cerebro para que una cosa que embelesa de tal modo a la práctica totalidad de la humanidad a mí no solo me deja frío sino que me produce más bien aversión. Pero bueno, así son las cosas y con esta cruz tengo que vivir. 

Aunque, por otro lado, tiendo a rebelarme contra la idea de que todo el trastorno al respecto está de mi lado. También, pienso a veces que hay algo enfermizo en esa insistencia con la que, por tierra, mar y aire, se nos quiere convencer de algo así como de una especie de redención a través del amor y la comunión con los animales. Es como si el hijo de Dios esta vez se hubiese encarnado en algo con cuatro patas y una instintiva propensión a husmear ojetes... una forma, al parecer, de trascenderse mucho más en consonancia con la idiosincrasia popular que no el dichoso Calvario de tan nefasto recuerdo. 

El caso es que mire para donde mire tengo que tragar. No digo ya cuando voy por la calle, que no veo más que actos de fe que son auténticas provocaciones al sentido común y la ordenada convivencia. Y, sin embargo, a nadie parece importarle. Que las ciudades rebosen de las inmundicias caninas es el canon que tenemos que pagar por tal de alcanzar las nuevas formas de trascendencia. Así, da la impresión de que ha llegado el momento de cualificar a las personas por el tipo de perro que lleva al lado. Todo lo demás es accesorio. 

Pero lo que sobre todo me resulta estragante son los medios de comunicación. Rebosan de información sobre las monadas que hacen los animales. Por no hablar de las hazañas de los cruzados de la nueva causa que te dejan patidifuso. Si enchufas la televisión un rato por las tardes no veras más que amor cósmico de ese tipo. Ayer era todo un instituto para la preservación de la vida salvaje que se había puesto como meta la salvación de una nutria marina que había sido malherida por el ataque de un tiburón. La única conclusión que pude sacar del asunto es que con lo que había costado el empeño, por supuesto reussi, muy bien se pudiera haber mantenido una residencia para cien ancianos durante un año o puesto en servicio diez mil hectáreas de cultivos de regadío. ¿Pero, y el amor cósmico? ¡Ah! Eso no tiene precio. 

En fin, solo pido a los dioses omnipotentes que tengan a bien no agravarme la enfermedad porque de lo contrario voy a necesitar pastillas.  

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