lunes, 1 de mayo de 2017

Leisure Class

Desde hace un mes exactamente vivo en una calle de nombre Paseo de San José Obrero. He podido comprobar que en algunas instancias administrativas le han apeado el apellido dejándolo en un simple San José. Y no me extraña nada porque lo de obrero ha adquirido un cierto tufillo peyorativo de último de la clase. Así, estos días andaban por ahí los sindicalistas con sus altavoces calentando motores para la celebración del 1 de mayo que ya no es el día de San José Obrero como quería Franco sino de la "clase trabajadora". Y es que, lo que antes era un obrero, hoy día es un trabajador. O sea, como si le hubiese montée d´un cran la dignidad.   

Estas cosas que parecen de chiste en absoluto lo son. Recuerdo que hace tiempo le comuniqué a Jacobo que había leído un artículo de Ferlosio sobre un libro titulado The Theory of the Leisure Class (La Teoría de la Clase Ociosa). Le añadía que me hubiese gustado leer el libro, pero que no le encontraba por ningún sitio. Y, claro, con Jacobo nunca echas comentario en saco roto: hace unos día me mandó el enlace para que bajase el libro del Proyecto Gutenberg, otro de entre los innumerables chollos que nos aporta la Comunidad Europea. Bien, pues lo bajé de inmediato y me puse a la tarea de leerlo. Y claro, recomendado por Ferlosio no puede ser otra cosa que profundidad en las cosas del lenguaje. 

Es un libro muy largo del que sólo he leído como quien dice los comienzos, unas cien páginas, lo que no es óbice para que me haya dado ya para mucho pensar. Entre otras cosas en el porqué de la obsesión que tenía uno de aquellos proscritos de Alar de los que tanto les he hablado por afirmarse en la idea de que su hermano, que había estudiado en un seminario y luego había dedicado la vida a tareas de oficina, nunca había pegado un palo al agua. Para él, que siempre había trabajado utilizando las manos, trabajar con la cabeza era como tocarse los huevos. Y punto. Clase ociosa en definitiva. Despreciable por prepotente y explotadora, pero, a la vez, envidiada y admirada en una especie de baile esquizofrénico de los que emputecen el espíritu. 

Al parecer, la aparición de la clase ociosa es algo tan madrugador en la historia de la humanidad como el paso de el estadio salvaje al bárbaro. Con el primer esbozo de organización social ya aparecen perfectamente diferenciadas las tareas de las mujeres y los hombres y, un poco más adelante, la de curas y militares por un lado y todo lo demás por otro. Y, como no podía ser menos, esa diferenciación trae aparejada la del prestigio. Los curas y militares, a la que pronto se añaden los artistas, acumulan prestigio o, más propiamente dicho, poder. 

Y esta es la cuestión, que, de allí para acá, el mundo no ha cambiado un ápice al respecto. Y esa esquizofrenia entre la envidia y la admiración ha sido la energía que ha alimentado el motor del ascensor social a todo lo largo de la historia. Y, también, esa esquizofenia ha contribuido ¡y de de qué modo! al despliegue del eufemismo como pieza fundamental de la corrección política. Las chachas son trabajadoras del hogar, los porteros, conserjes, etc., y, como colofón, los obreros, clase trabajadora. O sea, que por semejante mecanismo tergiversador a todo el que no trabaja en una cadena de producción o la barra de un bar, al no ser clase trabajadora, se le asigna automáticamente a la clase ociosa y por tanto prestigiosa. 

Todas estos mecanismos mentales, como pueden suponer, tienen mucho que ver con uno de entre nuestros más candentes azotes: las cifras del paro. ¿Como explicar si no que tanto inmigrante encuentre trabajo nada más llegar? Y es que los nacionales se niegan a esos trabajos porque consideran que les denigran. Al fin y al cabo, vivir del subsidio les eleva automáticamente a la clase ociosa, o sea, estar del lado de afuera en la barra del bar. Ser alguien en definitiva. La única aspiración noble de cualquiera que se precie. Y no hay más tu tía. 

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