viernes, 12 de mayo de 2017

Los juegos del espíritu

Me he enterado por casualidad de que por enésima vez se han estado dedicando los parlamentarios españoles a debatir sobre la conveniencia de retirar o no los huesos de Franco del Valle de los Caídos. La primera conclusión a extraer es que aquí todo va tan de coña que a los padres de la patria les queda un tiempo libre que prefieren dedicarlo a los juegos del espíritu, que no otra cosa es el manoseo de los símbolos.

Yo, la vedad, estoy encantado, porque estoy convencido de que no hay forma más eficaz de desarrollar la comprensión lectora que el manoseo de los símbolos. Coges, agarras uno cualquiera, le empiezas a considerar por aquí y por allá y terminas por darte cuenta de que nada que ver con la simplista visión original. A mí, sin ir más lejos, me pasó con Franco que, cuando aún estaba vivo, o sea, asumiendo cierto riesgo, era un detractor farouche suyo por motivos que hoy día, ya liberado, solo podría interpretar en clave freudiana. Lo de matar al padre y todo eso. De tanto meterle por medio a la hora de especular sobre cualquier realidad fue adquiriendo dimensiones por así decirlo olímpicas que, a larga, cuando me fui haciendo mayor, le convirtieron en una figura de luces y sombras que convenía observar siempre desde la distancia para no deslumbrarse y acabar haciendo el ridículo.

Pero esa es la cuestión, que, según leo hoy mismo, solo un diez por ciento de las personas, sería injusto llamarles jóvenes, ni tampoco adultos, se van de la casa de sus padres antes de cumplir los treinta años. Así, con ese terrible fardo del fracaso a las espaldas ya me dirán ustedes qué capacidad de distanciamiento se puede tener a la hora de juzgar al padre y a todas sus representaciones en la tierra. Por eso no conviene hacerse muchas ilusiones nunca respecto del desarrollo intelectual de ese noventa por ciento de encalomados en la casa paterna que, para mayor inri, tienen derecho a voto. A todos ellos, Franco les viene como anillo al dedo o, dicho con mayor fuerza metafórica, como picha al culo, ya que el tener sobrevolándoles siempre la sombra que les da por ahí les exonera de cualquier culpabilidad respecto de su vagancia, dejadez, desidia y demás virtudes constitutivas de lo que desde la mas remota antigüedad se conoce como muertos vivientes... o sea, todos esos que pretenden camuflarse detrás de siglas y modas sean del tipo que sean.

En fin, en cualquier caso, nada de lo que preocuparse, porque con ese diez por ciento que se va de casa antes de los treinta e, incluso, con ese cinco por ciento que se va antes de los veinticinco, a la sociedad le sobra y le basta para adquirir esa punta de comprensión lectora imprescindible tanto para mandar hombres a la luna como para tener las calles transitables y seguras. Y, por lo demás, llámese Franco, llámese masterchef, llámese Jorge Javier, el caso es que nunca falte soma para los épsilons porque, si no, a ver quién es el guapo que les aguanta.

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