A veces uno se ve obligado a ser testigo de cosas que llenan el alma de amargura. Supongo que es la respuesta a la propia cobardía. ¿Pero por qué lo he consentido? ¿Por qué no me he enfrentado a la estulticia de los talibanes? Así es como se pudre el mundo, dejándoles salirse con la suya y, encima, sin hacerles ser conscientes de que te parece despreciable su actitud.
Como pasó con aquel atrabiliario que entró con toda su furia en el templo y echó a los mercaderes a latigazos. El muy hijo de la gran chingada que lo único que quería era quedarse con todo el mercado en régimen de monopolio. Y lo consiguió por un tiempo y ahí sigue, envuelto en sus harapos morales y dedicado a asaltar el último reducto vulnerable, las viejecitas con pasta.
En fin, hay que tomar distancia y sacarse la amargura. Porque, talibanes, se van extinguiendo unos y ya apuntan por el horizonte otros. Siempre los habrá que quieren quedarse con todo so capa de ofrecer el cielo. Y siempre quedarán iletrados y vejecitas para tragarse el anzuelo. Es la historia del mundo y solo cambiará el día que se ponga de moda buscar el camino del cielo en solitario. Lo veo difícil, pero estoy seguro de que lo conseguiremos.
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