Anoche iban un par de chavales delante de mí haciendo unas risas. Como el aire venía de cara pasaba primero por ellos y cuando me llegaba lo hacía cargado del inconfundible aroma que desprende la cannabis sativa al ser quemada. Es curioso como se quedan pegadas para siempre a las neuronas las asociaciones que tienen que ver con las sensaciones placenteras. Han pasado ya como quien dice décadas sin catarlo y el simple olfateo de una ráfaga aromatizada me despierta un vago deseo de reincidir y una riada de los mejores recuerdos de aquellos maravillosos años. En fin, tiempos que no volverán y cada época tiene su afán.
De pronto los chavales se pusieron serios y se enzarzaron, como suele pasar entre chavales, en una discusión sobre los diferentes grados de cosmopolitismo de aquí y de allá. Uno había pasado muchos años en San Sebastián y decía que por comparación con Palencia aquella gente parece del pleistoceno. El otro decía que también aquí hay catetos para dar y tomar. Sí, sí, le respondía el otro, pero tú tendrías que vivir allí una temporada para enterarte de lo que es bueno.
Bueno, yo he vivido en San Sebastián y Palencia y corroboro al cien por cien la impresión de que esto está unos cuantos años, si no siglos, por delante en cuanto a la evolución de las personas hacia la constitución de individuos libres e iguales. Pero, ya digo, es solo una impresión que no tengo manera de traducir en hechos medibles. Así que mejor lo dejamos para discusiones de porreros en sus horas de bajada.
Pero el caso es que uno se da cuenta de que si se dejan las impresiones a un lado los temas de conversación se reducen a la casi nada. Porque con los hechos apenas se puede especular so pena de ser especialista en el tema y sin especulación a la violeta se acaba el bavardeo en un dos por tres. Así de sencillo y los mil negocios que se sostienen en el rajar por rajar a tomar vientos.
Y aquí tenemos un asunto de gran calado porque nuestra convivencia en cierto sentido se sostiene gracias a que todo el mundo es muy libre de airear sus impresiones. Si Ronaldo es mejor que Messi o viceversa, pero, también, si los españoles robamos a los catalanes o la red de centros de enseñanza tienen que ser públicos por decencia. Así, corremos el riesgo de que una impresión de alguien se multiplique ad infinitum por simpatía y no sea necesario verificar su verosimilitud para darla por hecho consumado. Y de ahí a organizar la cacería solo hay un paso.
Lo veía el otro día en el debate de los candidatos a la presidencia francesa. La diferencia fundamental entre la una y el otro me pareció ser precisamente esa, la simpatía de las impresiones contra la frialdad de los hechos. Y esa es una lucha muy desigual. Quizá por eso, cabezas privilegiadas del panorama internacional están sugiriendo, casi con angustia, la urgente necesidad de un ministerio de la verdad. Es, por supuesto, una cuestión muy delicada por sus visos de censura encubierta, pero algo habrá que hacer ante la constatación de como la impresión simpática convertida en mentira descarada se va haciendo con el poder por doquier.
En fin, que qué guapos estamos todos callados a la espera de que las gráficas nos ilustren sobre la realidad.
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