No cabe duda de que las puestas en escena tienen su importancia. El buen lector puede extraer no pocas conclusiones de ellas. Por ejemplo, aquel largo caminar en solitario, con el abrigo de un chaval abrochado con el sólo botón de arriba, para llegar al estrado colocado precisamente en la explanada del Louvre, justo delante de la Pirámide y con el gran falo de la Torre Eiffeld asomando por detrás iluminada. Y todo ello a los sones del himno de la Comunidad Europea. Realmente emocionante. Y luego, el discurso con una insistente mención a la verdad y la mentira. Eso sí que me pareció revelador de una nueva disposición del poder. Quedará luego en nada, pero ahí estaban las palabras clave de este momento perturbador asediados como estamos por mentirosos compulsivos que se llevan de calle a las masas fracasadas. Y, para terminar, esa familia más extraña que la de Maribel. Hijos de su edad, nietos que parecen hijos y esa mujer que le adora como una madre, que bien pudiera serlo. No, desde luego, el que no quiso ver que algo ha cambiado es que prefiere permanecer ciego.
Me recordaba al día en el que Felipe González accedió al poder. Aquella puesta en escena fue austera, como corresponde a lo español, pero la euforia y la sensación de que por fin algo esperanzador había llegado era la misma que se notaba anoche en el Louvre. Porque la gente se cansa de más de lo mismo y, sobre todo del lenguaje siniestro de los instalados que se presienten perdedores. ¿Cómo se puede tragar ese derrotismo avasallador con el que se pretende arrastrar a los frustrados? Francia es la quinta potencia económica mundial y primera en cantidad de cosas importantes. Y, sin embargo, el discurso que ha calado en casi un cuarenta por ciento de la población es que está al borde del abismo. En EEUU fue un 60% y tenemos lo que tenemos. Ese es el gran problema que tienen que atajar los erasmus y los silicons, el del emocionalismo rampante de quienes no fueron educados para la lucha permanente.
Porque en esas estamos, el eterno retorno que le dicen, la vuelta a la agonía pagana después de veinte siglos de amaneramiento cristiano. Se acabó la fiesta y que el que quiera peces que se moje el culo va a ser por fin una realidad sin paliativos. Es el curso de la historia que está en fase de despeñé. Todo ese conocimiento acumulado ha roto el tabú que le tenía prisionero entre cuatro muros góticos y está anegando las conciencias de enormes capas de la población. En fin, en definitiva, más para alegrarse que para estar preocupados.
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