Viene hoy un artículo en El Mundo cuya lectura les recomiendo vivamente. Es de un tal Cuartango y se titula El vino y la filosofía. Tiendo a pensar que si en los periódicos ocupasen más espacio los artículos de este tipo la gente sería mucho más sensata y el mundo mucho mejor. Porque sin ir al fondo de las cosas toda reflexión posterior es un puro sobrevolar la realidad, es decir, estar equivocado.
El vino es, sencillamente, un activador del intelecto. Ayuda a establecer nexos entre las diferentes percepciones y captar así la radical complejidad no sólo de nuestro ser interior sino también del mundo que nos rodea. Y no es que diga yo que no se pueda conseguir algo de eso sin el vino, pero, en cualquier caso, sabemos de sobra que toda reacción química, el pensar lo es, se ve muy favorecida cuando el catalizador adecuado está a su disposición. Por así decirlo, el vino es al pensamiento lo que la anhidrasa carbónica al mantenimiento del pH. ¿Se imaginan lo que sería vivir sin anhidrasa? Tardaríamos dos años en recuperarnos después de haber hecho un pequeño esfuerzo. Pues sin el vino es igual: se nos va la vida sin conseguir depurar todas las creencias tóxicas que nos inculcaron de niños en las diversas catequesis.
En fin, Pessoa y su libro del desasosiego. Resumiendo: vino e introspección: la única forma posible de cambiar el mundo es cambiarnos a nosotros mismos por medio del reconocimiento de lo que somos. A partir de aquí todo es camino trillado. Sin eso, Oriente Medio. ¿Se imaginan lo fácil que sería acabar con todo aquel infierno regando el territorio con esa anhidrasa espiritual que es el vino? Aquella pobre gente condenada a las creencias por la prohibición que pesa sobre ellos de usar el catalizador del pensamiento. Y, mientras tanto, los otros creyendo que eso se soluciona con bombas.
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