Hay prestigiosos articulistas en este país que exhiben una saña contra Obama que me cuesta comprender. Por lo visto, según ellos, su mandato puso el mundo al borde de la destrucción. El tratado con Irán, la extensión de la cobertura sanitaria, la retirada de tropas de zonas en conflicto. Parece ser que no hizo una a derechas el hombre. Y no por otra cosa, según esos supercríticos, es que haya llegado Trump el salvador. Bueno, no puedo sino pensar que los hay que no saben qué hacer para llamar la atención. Y, claro, aquel a todas luces excesivo entusiasmo con el que fue recibido Obama -hasta un Premio Nobel creo que le dieron- se lo ha puesto a güevo. Porque los excesivos entusiasmos siempre huelen a chusma manipulada. Es difícil, sí, saber tomar distancia para ver las cosas con perspectiva y, hasta que pasa un tiempo, toda opinión está sujeta al síndrome del ojo de la cerradura incluso para los más avezados analistas.
Pero, en fin, uno a veces no puede esperar tanto tiempo porque, entre otras cosas, de algo hay que hablar incluso a sabiendas de que se arriesga. El presente, más que evidencias nos regala impresiones que es algo que como nos demostró la pintura de entresiglos puede adquirir una muy comprensible belleza si quien las describe sabe hacer literatura. Ya digo, en fin.
El caso es que el día de ayer nos permitió ver en su salsa a los dos sujetos en cuestión. Obama, una evidencia ya, compartiendo escenario con Merkel frente a una populosa audiencia completamente entregada. Trump, todavía impresión, repartiendo empujones a sus colegas en el cuartel de la OTAN. Me pregunto si esa visita de Obama a Berlín para promocionar las sociedades abiertas no habrá tenido la intencionalidad calculada de eclipsar en parte el protagonismo de Trump, el apóstol de los muros. Evidentemente, oratoria por oratoria, es como comparar a dios con un gitano, valga el peyorativismo. Pero no hay que hacerse ilusiones, porque los gitanos no saben hablar muy bien, pero cantan y bailan como los ángeles. Y eso chupa mucha más atención que la palabra de dios. Así, ayer, por dos minutos de Obama apostando por la razón, tuvimos horas de Trump pegando empujones y apretando manos al estilo del matón de patio de colegio. Bueno, Macrón se las tuvo tiesas y en las televisiones francesas parecía como si por fin se hubiese conseguido la tan deseada victoria frente a los americanos.
La verdad, no las tengo todas conmigo. Aunque sé que las cosas del mundo salen muchas veces por peteneras, no me cabe en la cabeza que el Presidente de EEUU sea el patán que gusta representar. Tiene que haber algo más por detrás. O, simplemente, puede que éste tipo haya llegado para desvelarnos la insoportable levedad del poder. Un mandatario puede que a la postre no sea más que un símbolo. Es elegante, discreto y cultivado como Obama o un patán como Trump. Representan dos mundos contrapuestos que nunca se van a encontrar y a los que tenemos que acostumbrarnos a ver con naturalidad, prevaleciendo el uno sobre el otro en un interminable baile de la yenka. Afortunadamente, pienso, tenga quien tenga la representación, ahí están los hombres en la sombra que no se les pasa una y hacen que las cosas funcionen razonablemente. Fíjense sino en el Ayuntamiento de Madrid que parecía que poco menos que todo se iba a ir al garete y a la hora de la verdad ha quedado en cuatro ocupas haciendo el mono y unos proyectos de modernidad con los que ni populares ni socialistas se hubiesen atrevido nunca. ¡Ay, que vida ésta!
No hay comentarios:
Publicar un comentario