miércoles, 31 de mayo de 2017

El chocolate espeso

Al populus se las dan todas en el mismo carrillo y como si nada, sigue en sus trece echando la culpa de todas las desgracias que le acontecen a los banqueros y ricos en general. Es lo que tiene el no querer enterarse de que los cuatro jinetes de su particular apocalipsis se llaman MIT, CALTECH, TECHNION y ETH Zurich. Claro, si en vez de ver tanto furbo y escuchar tanta Cope dedicasen una rato los fines de semana a las generalistas internacionales tipo Blomberg, CNN, BBC, I24News, ctc., se enterarían de algunas de las cosas que les conviene saber para no andar perdiendo el tiempo y, sobre todo, hacer el más espantoso ridículo... aunque decir populus y espantoso ridículo bien es sabido que apesta a pleonasmo. 

La historia es siempre la misma y el caso más sintomático que los resume todos es la guerra de los botones que tuvo lugar en la ciudad de Lion allí por entre el XVII y XVIII. Se había desarrollado allí una industria manufacturera del pret a porter que era la envidia del mundo entero. La ciudad rebosaba de riqueza y nadie se quedaba sin su parte del pastel que de eso ya se encargaba la organización gremial. Pero hete aquí que entonces va un tipo listo e inventa una máquina que fabrica botones por un tubo, nunca mejor dicho. Fue como si hubiese encendido la espoleta de la bomba que los gremios tenían debajo del culo. Había que escoger entre matar al inventor y a todos los que se habían aprovechado del invento o dejar a los artesanos del botón sin trabajo. Se escogió lo primero y empezó una persecución tan sin cuartel como inútil de todo lo que representase progreso, entendiendo por tal liberar al ser humano de la esclavitud del trabajo físico. 

Ahora, claro, ya no se puede matar tan impunemente, pero sí dar por el saco todo lo que se pueda y un poco más. Y en eso es en lo que están ahora los taxistas y mañana sabe dios quiénes. La típica pataleta de niño mal educado que lo rompe todo porque sabe que mañana papá lo arreglará. Tiene que haber un Macron que aproveche el instante que dejan de rebuznar para tomar resuello para decirles que el mundo no funciona como se creen ellos en su infinita ignorancia. Porque es que ya está bien de que unos tipos que solo saben conducir un coche piensen que es gracias ese conocimiento que pueden disfrutar de sanidad, educación, vacaciones, casa con calefacción y un montón de cosas más todas carísimas. Alguien les tiene que explicar que con el valor añadido de su trabajo no tendrían ni para palillos. Y ésta es una cuestión que tiene que afrontar el mundo urgentemente, la de hablar claro a los que no se enteran porque o no han sido capaces o no han querido estudiar. 

Las cosas claras y el chocolate espeso. Muy interesante al respecto la rueda de prensa conjunta de Macron y Putin el otro día en Versalles. Por primera vez en mi vida vi a un mandatario decir en público a otro, muy educadamente, eso sí, que era un impresentable. Y es que esa es la única verdad, que Putin es un impresentable y nadie hasta ahora se había atrevido a decírselo a la cara y con el mundo por testigo. Y así es como tiene que ser todo: que alguien nos diga la verdad de lo que somos para que podamos empezar a repensarnos y, entretanto, dejar de hacer tantas tonterías. 

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