Cuando aquel tipo tan singular se encaramó en un risco y empezó a declamar lo de las bienaventuranzas fue justo el momento en el que nació el populismo y todo empezó a joderse. Bienaventurados los pobres de espíritu porque de ellos es el reino de los cielos, dijo el nota. ¿Pobres de espíritu? ¡Menudo chollo! Algo así como la sacralización de la puta vaguería y su inherente corolario, el vampirismo.
De allí para acá toda la mierda del mundo ha salido de las sacristías. Y no es que lo diga yo que hasta este Papa peronista que ahora nos toca sufrir lo aseguró el otro día cuando proclamó sin sonrojo que el comunismo era un hijo putativo de aquel sermón de la montaña.
Sí, convendría empezar a llamar a las cosas por su nombre para saber de qué estamos hablando y así poder atacar al mal en sus raíces. ¿O es que acaso ustedes piensan que la sacristía nada tiene que ver con que haya en este país cuatro millones de personas cobrando el paro y por contra cuatro millones de inmigrantes encontraron trabajo nada más llegar? Pues desengáñense porque todo eso no pasa en los países donde las sacristías cerraron por prescripción facultativa, ya fuese de Lutero, ya de Calvino, ya de Enrique VIII. A tomar por el saco la piedad, ese invento de madre castradora, la santa iglesia católica, apostólica y romana que le dicen, que le da todos los caprichos al niño y le exculpa de todas sus irreponsabilidades: "hoy no me puedo levantar"... y no se levanta y todos a reír la gracia.
Coda.- El otro día de madrugada, mientras velábamos el cadáver de mamá, estábamos obligados a escuchar el pun, pun, pun, incesante con el que se excitaban los estudiantes que tienen alquilado el piso de enfrente. Allí estuvieron todos amontonados en la terraza hasta las siete de la mañana sabiéndose a salvo porque los iconos pegados en la pared de un líder comunista y una muñeca hinchable -la Virgen María, sin duda- velaban por ellos. Es lo que hay.
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