Claro, que la gente tome el avión para ir de aquí para allá a hacer no se sabe qué, supongo que a escampar la boira las más de las veces, es fundamental para que el sistema funcione. Lo que pasa es que aquí nadie se va de rositas. Y no lo digo por los pobres desgraciados que ayer transitaban por los aeropuertos de Londres como si fueran zombis a causa de un contratiempo informático que lo desbarató todo, no, me refiero sobre todo a los miles, o millones, de personas que viven como los de la foto que les muestro, sometidos al carcomimiento de sus hígados y no solo durante el día que también durante la noche continua la fiesta. Cada dos o tres minutos les pasa un morlaco de esos a escasos metros de sus cabezas y no les queda otra que aguantar. Y acaso dar gracias porque no les cae encima.
Es lo que tiene Prometeo, que no le importa sufrir con tal de seguir teniendo la sensación de estar engañando a los dioses. Es, en esencia, el bucle infernal de la civilización. Y aquí es donde llega la inevitable pregunta que toda persona racional se debe hacer en la vida, más antes que después en relación directamente proporcional a su inteligencia: ¿es que acaso me merece la pena seguir manteniendo la transacción? ¿no será que los dioses me están engañando mucho más de lo que yo les engaño a ellos? Y no es que tenga uno que estar todo el día con la filosofía a vueltas, no, es que hay situaciones que claman al cielo y si no te las solucionas tú te vas a quedar sin hígado antes de que alguien venga a echarte una mano.
Porque es que al fin y al cabo tampoco hace falta tanto fuego para disfrutar de la vida. Un día soleado, una compañía, una bicicleta para cruzar la nava, una botella de prieto picudo y una pradera cabe el canal para dormir la mona. Todo lo que sobrepase eso es volver a Prometeo. Y no quiero.

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